sábado, 19 de octubre de 2013

MATERIAL PARA PARCIAL 5º

Novela moderna:






Sobre "El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha"




Sobre Miguel de Cervantes:




Influencia de la obra:



Capítulo I. Texto: 


EUGENE O'NEILL.- Antes del desayuno

Escenario: Una pequeña habitación que sirve a un tiempo de cocina y comedor en un departamento de la calle Christopher, en Nueva York. A foro, una puerta que lleva al vestíbulo. A la izquierda de la puerta, una pileta y una cocina de gas de dos mecheros. Más allá de la cocina y hacia la pared de la izquierda, un armario de madera para platos, etcétera. A la izquierda, dos ventanas que dan sobre una escalera de emergencia, donde varias plantas en sus tiestos agonizan en el abandono. Delante de las ventanas, una mesa cubierta con un hule. Dos sillas con asiento de caña junto a la mesa. Otra contra la pared,  a la derecha de la puerta del foro.  En la pared de la derecha, foro, una puerta que lleva a la alcoba. Más adelante, diversas prendas de vestir de hombre y de mujer prenden de unas clavijas. Desde el rincón de la izquierda, foro, hasta la pared de la derecha, primer término, hay tendida una cuerda con ropa.

Son aproximadamente las ocho y media de la mañana de un día hermoso y lleno de sol, a comienzos de otoño.

La señora Rowland viene de la alcoba, bostezando, dando aún los últimos toques a su desaliñado tocado, insertando horquillas en su cabello, recogido en pardusca masa en lo alto de su cabeza redonda. Es de mediana estatura y propensa a una gordura sin líneas, acentuada por su vestido azul deformado, humilde y raído. Su rostro es impersonal, de facciones pequeñas y regulares y ojos extrañamente azules. En sus ojos, su nariz y su boca débil y rencorosa, hay una expresión atormentada. Tiene poco más de veinte años, pero parece mucho mayor.

Llega al centro de la habitación y bosteza, desperezándose. Sus soñolientos ojos se pasean absortos por todo lo que la rodea, con la irritación propia de aquel para quien un largo sueño no ha significado un largo descanso. Va con aire cansado hacia la ropa que cuelga a la derecha y descuelga un delantal. Se lo ciñe a la cintura, dejando escapar un “maldito sea” cuando el nudo no obedece a sus torpes dedos. Por fin consigue atarlo y va lentamente hacia la cocina a gas y enciende uno de los mecheros. Llena la cafetera en la pileta y la pone sobre la llama. Luego se desploma en una silla que está junto a la mesa y se pone una mano sobre la frente, como si le doliera la cabeza. De pronto su rostro se ilumina como si recordara algo y mira el armario de los platos; luego dirige una penetrante mirada hacia la puerta del dormitorio y escucha atentamente durante unos instantes.

SRA. ROWLAND (en voz baja) - ¡Alfred! ¡Alfred! (del cuarto contiguo no llega respuesta alguna y la señora Rowland prosigue con tono desconfiado, alzando la voz) No tienes que fingir que estás dormido. (De la alcoba no llega la menor respuesta y la señora Rowland, tranquilizada, se levanta y va cautelosamente hacia el armario. Abre con lentitud una de las puertas, cuidando mucho de no hacer ruido y saca de su escondite detrás de los platos una botella de ginebra Gordon y un vaso. Al hacerlo, mueve el plato de arriba, que tintinea levemente. Al oír esto, la señora Rowland sufre un sobresalto culpable y mira con malhumorado desafío la puerta del cuarto contiguo. Con la voz trémula:) ¡Alfred!

(Después de una pausa, durante la cual trata de percibir algún sonido, toma el vaso y se sirve una buena cantidad de ginebra y lo apura; luego, precipitadamente, repone la botella y el vaso en su escondite. Cierra el armario con el mismo cuidado con que lo ha abierto y con un gran suspiro de alivio se deja caer nuevamente en su silla. La gran dosis de alcohol le ha causado un efecto casi inmediato. Sus facciones se vuelven más animadas, parece cobrar energías y mira la puerta de la alcoba con una sonrisa dura y vengativa. Sus ojos pasean una rápida mirada por la habitación y se posan sobre un saco y un chaleco de hombre que penden a la derecha. Se encamina cautelosamente hacia la puerta abierta y se detiene allí, sin que la vea el que está adentro, y escucha, tratando de sorprender algún movimiento.)

(Llamando, casi en un susurro) ¡Alfred!

(Nuevamente, no hay respuestas. Con ágil movimiento, la señora Rowland descuelga el saco y el chaleco y vuelve con ellos a su silla. Se sienta y saca los diversos objetos que contiene cada bolsillo, pero los reintegra rápidamente a su sitio. Por fin, en el bolsillo interior del chaleco encuentra una carta)

(Mirando la letra se dice lentamente) Lo sabía.

(Abre la carta y la lee. En el primer momento, su expresión revela odio e ira, pero a medida que avanza en la lectura hasta acabarla se trueca en triunfante malignidad. Durante un instante queda muy pensativa. Luego vuelve a poner la carta en el bolsillo del chaleco, y, cuidando aún de no despertar al durmiente, cuelga nuevamente las pendas en la misma clavija, va hacia la puerta de la alcoba y atiba.)

(Con voz sonora y chillona) ¡Alfred! (Más fuerte) ¡Alfred! (Del cuarto contiguo llega un gemido ahogado que se confunde con un bostezo) ¿No te parece que ya es hora de levantarte? ¿Piensas quedarte en cama todo el día? (Volviéndose y regresando a su silla) Ya sé que eres lo suficientemente haragán para pasarte la vida en la cama. (Se sienta, mira por la ventana y dice, con irritación) ¿Qué hora será? Ya no podemos saberlo desde que empeñaste estúpidamente tu reloj. Era el último objeto de valor que teníamos, y lo sabías. Sólo has pensado en empeñar, empeñar, empeñar… Cualquier cosa con tal de alejar la hora de buscar empleo, cualquier cosa con tal de no trabajar como un hombre.(Golpea el suelo con el pie nerviosamente, mordiéndose los labios) (Después de una breve pausa) ¡Alfred! Levántate… ¿Me oyes? Quiero hacer esa cama antes de salir. Estoy harta de que esto esté en desorden por tu culpa. (Con cierta vengativa satisfacción) Y por cierto que no podremos quedarnos mucho tiempo aquí, a menos que consigas dinero en alguna parte. Dios sabe que yo hago lo mío – y más aún – yendo a coser a domicilio todos los días, mientras tú haces el caballero y holgazaneas por las tabernas con ese hato de inútiles artistas del Square.

(Breve pausa, durante la cual la señora Rowland juega nerviosamente con una taza y un platito que están sobre la mesa). ¿Y dónde conseguirán dinero, quisiera saber yo? En esta semana tenemos que pagar el alquiler, y ya sabes cómo es el dueño de casa. No nos dejará vivir aquí un solo minuto más si no le pagamos puntualmente. Dices que no puedes conseguir trabajo. Eso es mentira, y tú lo sabes. Nunca lo buscaste, siquiera. Te pasas los días vagabundeando por ahí, escribiendo poemas y cuentos estúpidos que nadie quiere comprar… y me explico que no quieran comprarlos. Pero advierto que yo siempre puedo conseguir trabajo y lo consigo; y sólo eso nos salva de morirnos de hambre.

(Se levanta y va hacia la cocina, mira la cafetera para ver si el agua hierve y vuelve y se sienta.) Hoy tendrás que conseguir dinero en alguna parte. Yo no puedo hacerlo todo y no lo haré. Tienes que recobrar el sentido común. Tienes que pedirlo, mendigarlo o robarlo donde sea (Con desdeñosa risa) Pero… ¿dónde, quisiera yo saber? Eres demasiado orgulloso para mendigar y has pedido ya todos los préstamos posibles, y no tienes valor para robar.

(Después de una pausa, levantándose irritada) ¡Por amor de Dios! ¿No te has levantado todavía? Es muy propio de ti eso de volverte a dormir, o de fingirlo. (Va hacia la puerta del dormitorio y atisba) ¡Ah, te has levantado! Bueno, ya era hora. No tienes por qué mirarme así. Tus desplantes no me engañan, ya. Te conozco demasiado… mejor de lo que supones… a ti y a tus andanzas.(Alejándose de la puerta, con tono significativo) Conozco un montón de cosas, querido. Ahora no te preocupes de lo que sé. Te lo diré antes de irme, no te aflijas. (Va hacia el centro del aposento y se detiene allí, frunciendo el ceño)

(Con tono irritado) ¡Hum! ¡Supongo que más vale preparar el desayuno… y no porque haya mucho que preparar! (Con tono de interrogación) Salvo que tengas algún dinero… (Hace una pausa esperando una respuesta del cuarto contiguo, que no llega) ¡Qué pregunta estúpida! (Con dura risita) A estas horas, yo debiera conocerte mejor ya. Cuando te fuiste anoche tan malhumorado, me imaginé qué pasaría. No se te puede tener la menor confianza. ¡En lindo estado viniste a casa! Nuestra riña sólo te sirvió de pretexto para mostrarte bestial. ¿De qué te valió empeñar el reloj si sólo querías dinero para derrocharlo en whisky?

(Va hacia el armario y saca platos, tazas, etcétera, mientras habla.)

¡Apresúrate! Últimamente, gracias a ti, no tardo mucho en preparar el desayuno. Esta mañana sólo tenemos pan, manteca y café: y ni siquiera tendrías eso si yo no me estropeara los dedos cosiendo. El pan está duro. Supongo que te gustará. Tú no te mereces nada mejor, pero no veo por qué he de sufrir yo. (Yendo hacia la cocina de gas) El café dentro de un momento, y no esperes que te lo sirva.

(Repentinamente, con violenta ira) ¿Qué diablos estás haciendo ahora? (Va hacia la puerta y atisba) Bueno, por lo menos estás casi vestido. Creí que te habías metido en la cama de nuevo. Eso sería muy propio de ti. ¡Qué aspecto horrible tienes esta mañana! ¡Aféitate, por amor de Dios! ¡Estás repulsivo! Pareces un vagabundo. Por algo nadie quiere darte empleo. No los culpo… Tu aspecto no es ni aun medianamente decente. (Va hacia la cocina de gas) Aquí hay mucha agua caliente. No tienes la menor excusa.(Toma un tazón y vierte en él un poco de agua de la cafetera)Toma.

(Él tiende la mano en procura del tazón. Se ve una mano sensible, de finos dedos, que tiembla, y parte del agua se derrama sobre el piso.)

(La señora Rowland, con tono insultante) ¡Mira cómo te tiembla la mano! Más vale que abandones la bebida. No puedes soportarla. Los hombres como tú son los mejores candidatos al delirium tremens. ¡Eso sería la gota que hace desbordar el vaso! (Mirando el piso)  Mira cómo has dejado el piso… hay colillas y cenizas en toda la habitación. ¿Por qué no los tiraste sobre el plato? No, no serías lo bastante considerado para hacerlo. Nunca piensas en mí. Tú no tienes que barrer la habitación, y eso es todo lo que te importa.
(Toma la escoba y empieza a barrer malignamente, levantando una nube de polvo. De las habitaciones interiores llega el rumor de una navaja de afeitar que afilan)

(Barriendo) ¡Apresúrate! Ya debe ser casi hora de que me vaya. Si llegara tarde, me expondría a perder mi empleo y entonces ya no te podría seguir manteniendo. (Y al ocurrírsele algo más, agrega sarcásticamente) Y entonces, tendrías que trabajar o hacer alguna cosa horrible de esa especie. (Barriendo debajo de la mesa.) Lo que quiero saber es si buscarás hoy trabajo o no. Sabes que tu familia no nos seguirá ayudando. También ellos ya están hartos de ti. (Después de barrer en silencio durante unos instantes) Estoy cansada de toda esta vida. Ganas me dan de irme a casa, pero soy demasiado orgullosa para permitir que te sepan un fracasado… a ti, el hijo único del millonario Rowland, el egresado de Harvard, el poeta, el hombre notable del pueblo… ¡Bah! (Con amargura) No serían muchas las que me envidiarían mi hombre notable si supieran la verdad. Me gustaría saber una cosa… ¿Qué ha sido nuestro matrimonio? Aun antes de que tu padre millonario muriera debiéndole dinero a todo el mundo, nunca derrochaste un solo minuto a tu esposa. Supongo que, a tu entender, yo debía darme por satisfecha con tu honorable actitud al casarte conmigo… después de haberme puesto en dificultades. Yo te avergonzaba ante tus refinados amigos porque mi padre sólo es un almacenero, eso es lo cierto. Por lo menos es un hombre honrado, y tú no podrías decir lo mismo del tuyo. (Sigue barriendo enérgicamente hacia la puerta. Se apoya sobre su escoba por un momento)

Suponías que todos creerían que te habías visto obligado a casarte conmigo y te compadecerían… ¿verdad? No vacilaste mucho para decirme que me querías y para hacerme creer en tus mentiras antes de que sucediera aquello… ¿no es cierto? Me hiciste suponer que no querías que tu padre me sobornara, como trató de hacerlo. Pero ya sé a qué atenerme. Por algo he vivido tanto tiempo contigo. (Sombríamente) Es una suerte que nuestro pobre hijo naciera muerto, después de todo… ¡Qué padre hubieras sido!
(Permanece en silencio y cavilando hoscamente durante un instante, y luego prosigue con una suerte de salvaje alegría)

Pero no soy la única que tiene que agradecerte su desdicha. Hay, por lo menos, otra y esa no puede tener esperanzas de casarse contigo ahora. (Asoma la cabeza al cuarto contiguo) ¿Qué me dices de Elena? (Retrocede del vano de la puerta con un sobresalto, algo asustada)

¡No me mires así! Sí, he leído esa carta. ¿Y qué? Tenía derecho a leerla. Soy tu esposa. Y sé todo lo que hay que saber, de modo que no me mientas. No tienes por qué mirarme así. Ya no podrás intimidarme con esos aires de hombre superior. Si no fuese por mí, te irías sin desayunarte esta mañana. (Va hacia la cocina de gas y echa café en la cafetera)  El café está listo. No te esperaré.(Vuelve a sentarse)

(Después de una pausa, llevándose la mano a la cabeza, malhumorada) ¡Cómo me duele la cabeza esta mañana! Es una vergüenza que deba irme a trabajar todo el día en una habitación asfixiante, en este estado. Y no iría si fueras un hombre. Debiera ser yo quien pasara el día tendida en la cama, y no tú. Bien sabes lo enferma que he estado en este último año; y, sin embargo, cuando tomo alguna pequeñez para levantarme el ánimo, me lo echas en cara. Ni siquiera quisiste dejarme tomar ese tónico que compré en la farmacia. (Con risa cruel) Sé que te alegraría verme muerta y que no te estorbara; entonces podrías correr detrás de esas muchachas estúpidas que te creen maravilloso e incomprendido… Esa Elena y las demás. (Del cuarto contiguo llega una aguda exclamación de dolor)

(Con satisfacción) ¡Claro! ¡Ya sabía yo que te cortarías! Eso te servirá de lección. Bien sabes que no debes pasarte las noches vagabundeando por ahí y bebiendo, con tus nervios en tan deplorables condiciones. (Va hacia la puerta y se asoma a la otra habitación)

¿Por qué estás tan pálido? ¿Por qué te miras así, fijamente, en el espejo? ¡Por amor de Dios! ¡Quítate esa sangre de la cara! (Con escalofrío) Es horrible. (Con tono de alivio) Bueno, ya estás mejor. Nunca he podido soportar el espectáculo de la sangre. (Se aparta un poco de la puerta) Más vale que renuncies a afeitarte solo y vayas a una peluquería. Tu mano tiembla horriblemente. ¿Por qué me miras así? (Se aleja de la puerta) ¿Todavía estás furioso conmigo a causa de la carta? (Desafiante) Pues yo tenía derecho a leerla. Soy tu esposa. (Va hacia la silla y vuelve a sentarse. Después de una pausa) Hace tiempo que estoy enterada de que tienes una aventura. Tus débiles pretextos de que te pasabas el tiempo en la biblioteca no me engañaron. Y, después de todo… ¿quién es esa Elena? ¿Una de esas artistas? ¿O también escribe poemas? A juzgar por su carta, lo parece. Apostaría a que te dijo que tus cosas eran lo mejor que se había escrito en el mundo, y que te lo creíste como un imbécil. ¿Es joven y linda? También yo era joven y linda cuando me engañaste con tu hermosa palabrería poética; pero la vida contigo la consume pronto a cualquiera. ¡Las que he pasado!

(Va hacia la cocina de gas y retira el café)  El desayuno está listo.(Con una mirada de desdén) Se te enfriará el café. ¿Qué estás haciendo? ¿Afeitándote, todavía? ¡Por amor de Dios! Más vale que renuncies a eso. Una de estas mañanas te harás un buen tajo. (Se corta pan y lo unta con manteca. Durante los párrafos siguientes, come y bebe su café)

Tendré que irme corriendo apenas concluya de comer. Uno de nosotros tiene que trabajar. (Irritada) ¿Vas a buscar trabajo hoy o no? Seguramente, alguno de tus refinados amigos te ayudaría si te creyera realmente tan talentoso. Pero supongo que todos ellos prefieren oírte hablar. (Se queda sentada en silencio durante un momento)

Lo siento por esa Elena, sea quien sea. ¿No tienes ninguna consideración por los demás? ¿Qué dirá su familia? Veo que ella la menciona en su carta. ¿Qué hará? ¿Alumbrar al niño… o ir a ver a uno de esos médicos? Linda situación, hay que confesarlo. ¿Dónde conseguiría el dinero? ¿Es rica? (Espera alguna respuesta a esta andanada de preguntas)

Hum… No me dirás nada sobre ésa… ¿verdad? ¡Tanto me da! Después de todo, no lo lamento por ella. Sabía qué estaba haciendo. A juzgar por su carta, no es una colegiala como lo era yo. ¿Sabe que estás casado? Claro que debe saberlo. Todos tus amigos están enterados de tu infortunado matrimonio. Sé que te compadecen, pero no conocen mi versión del asunto. Hablarían de otro modo si la conociesen.
(Está demasiado ocupada comiendo para seguir hablando, durante un segundo o dos.)

Esa Elena debe ser una buena pieza, si sabe que eres casado. ¿Qué esperaba? ¿Qué yo te concediera el divorcio y te dejara casarte con ella? ¿Cree que soy lo bastante chiflada para eso… después de todas las que me hiciste pasar? ¡Por cierto que no! Y tu no podrías conseguir el divorcio de mí y bien lo sabes. Nadie podrá decir jamás que yo he hecho algo malo (Apura el resto de su café)

Ella merece sufrir, es todo lo que puedo decirte. Te diré lo que pienso: creo que tu Elena no pasa de ser una vulgar trotacalles. Esa es mi opinión. (Del cuarto contiguo llega un sofocado gemido.)

¿Has vuelto a cortarte? Bien merecido lo tienes. (Se levanta y se quita el delantal) Bueno, tengo que irme sin demora.(Malhumorada) ¡Vaya una vida la que llevo! No soportaré por más tiempo tu haraganería.  (Oye algo y hace una pausa, escuchando atentamente)  ¡Eso es! ¡Has volcado toda el agua! No digas que no. La oigo gotear por el piso. (Una vaga aprensión aparece en su rostro) ¡Alfred! ¿Por qué no contestas?

(Va lentamente hacia la otra habitación. Se oye caer una silla y algo que se desploma pesadamente en el suelo. La señora Rowland se detiene, temblando de pánico, y exclama:)

¡Alfred! ¡Alfred! ¡Contéstame! ¿Qué has hecho caer? ¿Estás borracho, todavía? (Incapaz de soportar la tensión ni por un momento más, se lanza hacia la puerta del dormitorio.)

¡Alfred!

(Se detiene en el umbral, mirando el suelo del cuarto interior transfigurada de horror. Luego lanza un salvaje alarido y corre hacia la puerta, hace girar la llave y la abre frenéticamente de par en par. Y se precipita al vestíbulo gritando como una loca.)
TELÓN


martes, 24 de septiembre de 2013

Sobre las Coplas de Manrique



Las Coplas por la muerte de su padre, también citadas como Coplas a la muerte del maestro don Rodrigo o, simplemente, Las coplas de Jorge Manrique, son una elegía escrita por Jorge Manrique en la muerte de su padre, el Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique. Escritas, al menos una parte, con posterioridad al 11 de noviembre de 1476, fecha de la muerte de don Rodrigo Manrique, constituye una de las obras capitales de la literatura española.

Esta obra pertenece al género poético de la elegía funeral medieval o planto y es una reflexión sobre la vida, la fama, la fortuna y la muerte con resignación cristiana.


Tema


Lo que hace al contenido, las Coplas lamentan la muerte del padre del autor, Jorge Manrique, remontándose desde la muerte como tema general a los ejemplos de muertes ilustres y finalmente a la muerte del personaje. El poeta, sin romper la unidad de tono, filosofa sobre la inestabilidad de la fortuna, la fugacidad del tiempo, las ilusiones humanas y el poder igualatorio de la muerte a lo largo de cuarenta estrofas llamadas coplas de pie quebrado o sextillas manriqueñas; cada una de ellas es una sextilla doble y tiene, por tanto, doce versos, de los que son octosílabos el primero, segundo, cuarto y quinto y tetrasílabos tercero y sexto; los tetrasílabos pueden ser en apariencia pentasílabos algunas veces, pero es cuando el verso anterior termina en aguda, por la métrica ley de compensación.


Otros temas que aparecen en la obra son:



• El paso inexorable del tiempo (tópico del tempus fugit). 

• La vida como camino (tópico del homo viator). 

• La vida como un río (tópico del vita flumen). 

• La muerte que iguala a todos los hombres, sean ricos o pobres. 

• La vanidad de las cosas mundanas (cuestión de la vanitas vanitatis). 

• El tópico del Ubi sunt? ("¿Dónde están?") para evidenciar la fugacidad de la vida. 

• La descripción de don Rodrigo Manrique y el elogio de sus virtudes como excelente caballero y héroe de la cruzada contra los moros. 

• Los tres tipos de vida: terrenal, de la fama y eterna. 


Estructura del poema


El poema se compone de 40 coplas escritas en octosílabos con versos de pie quebrado, bajo la forma de doble sextilla de tercetos simétricos, en los que a dos octosílabos sigue un verso corto (el pie quebrado) que puede ser tetrasílabo, o pentasílabo si es posible hacer sinalefa con el verso anterior o este finaliza en sílaba aguda. La doble sextilla manriqueña presenta la siguiente disposición de las rimas: abc: abc-def: def. Esta combinación métrica fue usada por primera vez, al parecer, por Juan de Mena y algunos otros, como su mismo tío Diego Gómez Manrique, pero fue su sobrino Jorge quien la elevó a la máxima categoría.


Se pueden distinguir tres partes:



• 1ª parte (coplas I-XIV): (sobre la muerte) La primera parte, compuesta por las primeras catorce coplas, es una serie de generalizaciones filosóficas. Se trata más de un sermón filosófico acerca de lo que debemos y no debemos hacer que de una elegía propiamente dicha. Se caracteriza por la reflexión y las metáforas de la vida y de la muerte, siguiendo la idea de San Agustín, fruto de su interpretación de las ideas platónicas, de que esta vida está para usarla como medio para la ascensión al cielo, y no para disfrutarla, así como por el uso de un “yo poético” en primera persona del plural que pretende inculcarnos y hacer sentir como nuestras las ideas que en el poema aparecen. 

• 2ª parte (coplas XV-XXIV): (sobre la gente que ya ha muerto, que ha pasado por este trance) Se da aquí una concreción de las cuestiones teóricas antes expresadas en ejemplos de la vida reciente, ejemplos conocidos por los potenciales lectores del poema. Empleo de la interrogación retórica del ubi sunt( se usa para preguntar por personalidades y bienes ya desaparecidos.) («¿dónde están?», tópico medieval que caracteriza la segunda parte de las Coplas) con mucha frecuencia, siempre en forma de pregunta retórica («¿qué se hicieron?», «¿cuál se para?»), y usualmente tras largas enumeraciones, para mostrar que todas las cosas de este mundo son, al final, perecederas, como la propia vida terrenal. Por último, una característica interesante es que, como pretexto para concretar sus ideas, ajusta cuentas con los enemigos del padre, empleándolos como ejemplos de lo que no debe hacerse. 

• 3ª parte (coplas XXV-XL): (sobre su padre) Es la parte de las Coplas que consiste en la elegía propiamente dicha, y donde por primera vez aparece el padre, del que hasta entonces no habíamos oído hablar. Si antes aplicaba a ejemplos de la historia reciente las cuestiones generales propuestas en la primera parte, ahora las va a concretar en Rodrigo de Manrique, alabando cómo en todo momento cumplió con lo que se nos ha dicho que “debe hacerse” en las dos partes anteriores del poema

Coplas a la muerte de su padre

JORGE MANRIQUE
COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE

I


Recuerde el alma dormida, 
avive el seso y despierte 
contemplando 
cómo se pasa la vida, 
cómo se viene la muerte 
tan callando, 
cuán presto se va el placer, 
cómo, después de acordado, 
da dolor; 
cómo, a nuestro parecer, 
cualquiera tiempo pasado 
fue mejor. 



II



Pues si vemos lo presente 
cómo en un punto se es ido 
y acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo no venido 
por pasado. 
No se engañe nadie, no, 
pensando que ha de durar 
lo que espera 
mas que duró lo que vio, 
pues que todo ha de pasar 
por tal manera. 



III



Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar, 
que es el morir, 
allí van los señoríos 
derechos a se acabar 
y consumir; 
allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
y más chicos, 
y llegados, son iguales 
los que viven por sus manos 
y los ricos. 



IV



Invocación a Jesucristo



Dejo las invocaciones 
de los famosos poetas 
y oradores; 
no curo de sus ficciones, 
que traen yerbas secretas 
sus sabores; 
aquel sólo invoco yo 
de verdad, 
que en este mundo viviendo 
el mundo no conoció 
su deidad. 



V



Este mundo es el camino 
para el otro, que es morada 
sin pesar; 
mas cumple tener buen tino 
para andar esta jornada 
sin errar. 
Partimos cuando nacemos 
andamos mientras vivimos, 
y llegamos 
al tiempo que fenecemos; 
así que cuando morimos 
descansamos. 



VI



Este mundo bueno fue 
si bien usásemos dél 
como debemos, 
porque, según nuestra fe, 
es para ganar aquel 
que atendemos. 
Aun aquel Hijo de Dios, 
para subirnos al cielo, 
descendió 
a nacer acá entre nos, 
y a morir en este suelo 
do murió. 



VII



Ved de cuán poco valor 
son las cosas tras que andamos 
y corremos, 
que, en este mundo traidor 
aun primero que miramos 
las perdemos: 
de ellas deshace la edad, 
de ellas casos desastrados 
que acaecen, 
de ellas, por su calidad, 
en los más altos estados 
desfallecen. 



VIII



Decidme: La hermosura, 
la gentil frescura y tez 
de la cara, 
la color y la blancura, 
cuando viene la vejez, 
¿cuál se para? 
Las mañas y ligereza 
y la fuerza corporal 
de juventud, 
todo se torna graveza 
cuando llega al arrabal 
de senectud. 



IX



Pues la sangre de los godos, 
y el linaje y la nobleza 
tan crecida, 
¡por cuántas vías y modos 
se pierde su gran alteza 
en esta vida! 
Unos, por poco valer, 
¡por cuán bajos y abatidos 
que los tienen!; 
otros que, por no tener, 
con oficios no debidos 
se mantienen. 



X



Los estados y riqueza, 
que nos dejen a deshora 
¿quién lo duda? 
no les pidamos firmeza, 
pues son de una señora 
que se muda. 
Que bienes son de Fortuna 
que revuelven con su rueda 
presurosa, 
la cual no puede ser una 
ni estar estable ni queda 
en una cosa. 



XI



Pero digo que acompañen 
y lleguen hasta la huesa 
con su dueño: 
por eso no nos engañen, 
pues se va la vida apriesa 
como sueño; 
y los deleites de acá 
son, en que nos deleitamos, 
temporales, 
y los tormentos de allá, 
que por ellos esperamos, 
eternales. 



XII



Los placeres y dulzores 
de esta vida trabajada 
que tenemos, 
no son sino corredores, 
y la muerte, la celada 
en que caemos. 
No mirando a nuestro daño, 
corremos a rienda suelta 
sin parar; 
desque vemos el engaño 
y queremos dar la vuelta, 
no hay lugar. 



XIII



Si fuese en nuestro poder 
hacer la cara hermosa 
corporal, 
como podemos hacer 
el alma tan gloriosa, 
angelical, 
¡qué diligencia tan viva 
tuviéramos toda hora, 
y tan presta, 
en componer la cautiva, 
dejándonos la señora 
descompuesta! 



XIV



Esos reyes poderosos 
que vemos por escrituras 
ya pasadas, 
con casos tristes, llorosos, 
fueron sus buenas venturas 
trastornadas; 
así que no hay cosa fuerte, 
que a papas y emperadores 
y prelados, 
así los trata la Muerte 
como a los pobres pastores 
de ganados. 



XV



Dejemos a los troyanos, 
que sus males no los vimos, 
ni sus glorias; 
dejemos a los romanos, 
aunque oímos y leímos 
sus historias; 
no curemos de saber 
lo de aquel siglo pasado 
qué fue de ello; 
vengamos a lo de ayer, 
que también es olvidado 
como aquello. 



XVI



¿Qué se hizo el Rey Don Juan? 
Los Infantes de Aragón 
¿qué se hicieron? 
¿Qué fue de tanto galán, 
qué de tanta invención 
que trajeron? 
¿Fueron sino devaneos, 
qué fueron sino verduras 
de las eras, 
las justas y los torneos, 
paramentos, bordaduras 
y cimeras? 



XVII



¿Qué se hicieron las damas, 
sus tocados y vestidos, 
sus olores? 
¿Qué se hicieron las llamas 
de los fuegos encendidos 
de amadores? 
¿Qué se hizo aquel trovar, 
las músicas acordadas 
que tañían? 
¿Qué se hizo aquel danzar, 
aquellas ropas chapadas 
que traían? 



XVIII



Pues el otro, su heredero, 
Don Enrique, ¡qué poderes 
alcanzaba! 
¡Cuán blando, cuán halaguero 
el mundo con sus placeres 
se le daba! 
Mas verás cuán enemigo, 
cuán contrario, cuán cruel 
se le mostró; 
habiéndole sido amigo, 
¡cuán poco duro con él 
lo que le dio! 



XIX



Las dádivas desmedidas, 
los edificios reales 
llenos de oro, 
las vajillas tan fabridas, 
los enriques y reales 
del tesoro; 
los jaeces, los caballos 
de sus gentes y atavíos 
tan sobrados, 
¿dónde iremos a buscallos? 
¿qué fueron sino rocíos 
de los prados? 



XX



Pues su hermano el inocente, 
que en su vida sucesor 
le hicieron, 
¡qué corte tan excelente 
tuvo y cuánto gran señor 
le siguieron! 
Mas, como fuese mortal, 
metiole la Muerte luego 
en su fragua. 
¡Oh, juicio divinal, 
cuando más ardía el fuego, 
echaste agua! 



XXI



Pues aquel gran Condestable, 
maestre que conocimos 
tan privado, 
no cumple que de él se habla, 
mas sólo cómo lo vimos 
degollado. 
Sus infinitos tesoros, 
sus villas y sus lugares, 
su mandar, 
¿qué le fueron sino lloros? 
¿Qué fueron sino pesares 
al dejar? 



XXII



Y los otros dos hermanos, 
maestres tan prosperados 
como reyes, 
que a los grandes y medianos 
trajeron tan sojuzgados 
a sus leyes; 
aquella prosperidad 
que en tan alto fue subida 
y ensalzada, 
¿qué fue sino claridad 
que cuando más encendida 
fue matada? 



XXIII



Tantos duques excelentes, 
tantos marqueses y condes 
y varones 
como vimos tan potentes, 
di, Muerte, ¿do los escondes 
y traspones? 
Y las sus claras hazañas 
que hicieron en las guerras 
y en las paces, 
cuando tú, cruda, te ensañas, 
con tu fuerza las aterras 
y deshaces. 



XXIV



Las huestes innumerables, 
los pendones, estandartes 
y banderas, 
los castillos impugnables, 
los muros y baluartes 
y barreras, 
la cava honda, chapada, 
o cualquier otro reparo, 
¿qué aprovecha? 
Cuando tú vienes airada, 
todo lo pasas de claro 
con tu flecha. 



XXV



Aquel de buenos abrigo, 
amado por virtuoso 
de la gente, 
el maestre Don Rodrigo 
Manrique, tanto famoso 
y tan valiente; 
sus hechos grandes y claros 
no cumple que los alabe, 
pues los vieron, 
ni los quiero hacer caros 
pues que el mundo todo sabe 
cuáles fueron. 



XXVI



Amigos de sus amigos, 
¡qué señor para criados 
y parientes! 
¡Qué enemigo de enemigos! 
¡Qué maestro de esforzados 
y valientes! 
¡Que seso para discretos! 
¡Qué gracia para donosos! 
¡Qué razón! 
¡Qué benigno a los sujetos! 
¡A los bravos y dañosos, 
qué león! 



XXVII



En ventura Octaviano; 
Julio César en vencer 
y batallar; 
en la virtud, Africano; 
Aníbal en el saber 
y trabajar; 
en la bondad, un Trajano; 
Tito en liberalidad 
con alegría, 
en su brazo, Aureliano; 
Marco Atilio en la verdad 
que prometía. 



XXVIII



Antonio Pío en clemencia; 
Marco Aurelio en igualdad 
del semblante; 
Adriano en elocuencia, 
Teodosio en humanidad 
y buen talante; 
Aurelio Alejandro fue 
en disciplina y rigor 
de la guerra; 
un Constantino en la fe, 
Camilo en el gran amor 
de su tierra. 



XXIX



No dejó grandes tesoros, 
ni alcanzó muchas riquezas 
ni vajillas; 
mas hizo guerra a los moros, 
ganando sus fortalezas 
y sus villas; 
y en las lides que venció, 
cuántos moros y caballos 
se perdieron; 
y en este oficio ganó 
las rentas y los vasallos 
que le dieron. 



XXX



Pues por su honra y estado, 
en otros tiempos pasados, 
¿cómo se hubo? 
Quedando desamparado, 
con hermanos y criados 
se sostuvo. 
Después que hechos famosos 
hizo en esta misma guerra 
que hacía, 
hizo tratos tan honrosos 
que le dieron aun más tierra 
que tenía. 



XXXI



Estas sus viejas historias 
que con su brazo pintó 
en juventud, 
con otras nuevas victorias 
ahora las renovó 
en senectud. 
Por su grande habilidad, 
por méritos y ancianía 
bien gastada, 
alcanzó la dignidad 
de la gran Caballería 
de la Espada. 



XXXII



Y sus villas y sus tierras 
ocupadas de tiranos 
las halló; 
mas por cercos y por guerras 
y por fuerza de sus manos 
las cobró. 
Pues nuestro rey natural, 
si de las obras que obró 
fue servido, 
dígalo el de Portugal 
y en Castilla quien siguió 
su partido. 



XXXIII



Después de puesta la vida 
tantas veces por su ley 
al tablero; 
después de tan bien servida 
la corona de su rey 
verdadero; 
después de tanta hazaña 
a que no puede bastar 
cuenta cierta, 
en la su villa de Ocaña 
vino la Muerte a llamar 
a su puerta 



XXXIV



diciendo: -«Buen caballero 
dejad el mundo engañoso 
y su halago; 
vuestro corazón de acero 
muestre su esfuerzo famoso 
en este trago; 
y pues de vida y salud 
hicisteis tan poca cuenta 
por la fama, 
esfuércese la virtud 
para sufrir esta afrenta 
que os llama. 



XXXV



«No se os haga tan amarga 
la batalla temerosa 
que esperáis, 
pues otra vida más larga 
de la fama gloriosa 
acá dejáis, 
(aunque esta vida de honor 
tampoco no es eternal 
ni verdadera); 
mas, con todo, es muy mejor 
que la otra temporal 
perecedera. 



XXXVI



«El vivir que es perdurable 
no se gana con estados 
mundanales, 
ni con vida delectable 
donde moran los pecados 
infernales; 
mas los buenos religiosos 
gánanlo con oraciones 
y con lloros; 
los caballeros famosos, 
con trabajos y aflicciones 
contra moros. 



XXXVII



«Y pues vos, claro varón, 
tanta sangre derramasteis 
de paganos, 
esperad el galardón 
que en este mundo ganasteis 
por las manos; 
y con esta confianza, 
y con la fe tan entera 
que tenéis, 
partid con buena esperanza, 
que esta otra vida tercera 
ganaréis.» 



XXXVIII



[responde el Maestre] 



«No tengamos tiempo ya 
en esta vida mezquina 
por tal modo, 
que mi voluntad está 
conforme con la divina 
para todo; 
y consiento en mi morir 
con voluntad placentera, 
clara y pura, 
que querer hombre vivir 
cuando Dios quiere que muera, 
es locura. 



XXXIX



[Oración del Maestre a Jesús] 



Tú, que, por nuestra maldad, 
tomaste forma servil 
y bajo nombre; 
tú, que a tu divinidad 
juntaste cosa tan vil 
como es el hombre; 
tú, que tan grandes tormentos 
sufriste sin resistencia 
en tu persona, 
no por mis merecimientos, 
mas por tu sola clemencia 
me perdona.» 



XL



Así, con tal entender, 
todos sentidos humanos 
conservados, 
cercado de su mujer 
y de sus hijos y hermanos 
y criados, 
dio el alma a quien se la dio 
(el cual la dio en el cielo 
en su gloria), 
que aunque la vida perdió, 
dejonos harto consuelo 
su memoria.

AMOR CIEGO- ROSA MONTERO

Tengo cuarenta años, soy muy fea y estoy casada con un ciego. Supongo que algunos se reirán al leer esto; no sé por qué, pero la fealdad ...