viernes, 30 de mayo de 2014

Lazarillo de Tormes: Pròlogo y Tratado primero



La vida de Lazarillo de Tormes
y de sus fortunas y adversidades
Anónimo

Tratado primero
Cuenta Lázaro su vida y cúyo hijo fue
Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un caballero que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:
-¡Madre, coco!
Respondió él riendo:
-¡Hideputa!
Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!».
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas; y, cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.
Y probósele cuanto digo, y aún más; porque a mí con amenazas me preguntaban, y, como niño, respondía y descubría cuanto sabía con miedo: hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí.
Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho comendador no entrase ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia. Y, por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza. Y, como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decía:
-Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.
Y fue así, que, después de Dios, éste me dio la vida, y, siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir.
Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos, cuánto vicio.
Pues, tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced sepa que, desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila: ciento y tantas oraciones sabía de coro; un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que, con muy buen continente, ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer.
Allende de esto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parían; para las que estaban de parto; para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien. Echaba pronósticos a las preñadas: si traían hijo o hija. Pues en caso de medicina decía que Galeno no supo la mitad que él para muelas, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía:
-Haced esto, haréis esto otro, cosed tal yerba, tomad tal raíz.
Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decía creían. De éstas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.
Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto, que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sutileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas, con todo su saber y aviso, le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.
Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y llave; y al meter de las cosas y sacallas, era con tanta vigilancia y tan por contadero, que no bastara todo el mundo a hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella lacería que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando, no por tasa pan, más buenos pedazos, torreznos y longaniza. Y así, buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y, cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que, por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:
-¿Qué diablo es esto, que, después que comigo estás, no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha.
También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que, en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar voces diciendo:
-¿Mandan rezar tal y tal oración? -como suelen decir.
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las piernas y atapábale con la mano, y así bebía seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y, sonriéndose, decía:
-¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud -y otros donaires que a mi gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que, a pocos golpes tales, el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar de él; mas no lo hice tan presto, por hacello más a mi salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coscorrones y repelándome.
Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:
-¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.
Santiguándose los que lo oían, decían:
-¡Mirad quién pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad!
Y reían mucho el artificio y decíanle:
-¡Castigadlo, castigadlo, que de Dios lo habréis!
Y él, con aquello, nunca otra cosa hacía.
Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por hacerle mal y daño; si había piedras, por ellas; si lodo, por lo más alto; que, aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto, siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y, aunque yo juraba no hacerlo con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía, mas tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.
Y porque vea vuestra merced a cuánto se extendía el ingenio de este astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: «Más da el duro que el desnudo». Y vinimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos San Juan.
Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo de ellas en limosna. Y como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para echarlo en el fardel, tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no poder llevarlo, como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:
-Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partillo hemos de esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó propósito, y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano, y, meneando la cabeza, dijo:
-Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.
-No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?
Respondió el sagacísimo ciego:
-¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.
A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos así por debajo de unos soportales, en Escalona adonde a la sazón estábamos, en casa de un zapatero había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen, y parte de ellas dieron a mi amo en la cabeza. El cual, alzando la mano, tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:
-Anda presto, muchacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.
Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era y, como no vi sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, díjele:
-Tío, ¿por qué decís eso?
Respondióme:
-Calla, sobrino; según las mañas que llevas, lo sabrás y verás cómo digo verdad.
Y así pasamos adelante por el mismo portal y llegamos a un mesón, a la puerta del cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban los recueros sus bestias, y como iba tentando si era allí el mesón adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de un cuerno, y con un gran suspiro dijo:
-¡Oh, mala cosa, peor que tienes la hechura! ¡De cuántos eres deseado poner tu nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun oír tu nombre por ninguna vía!
Como le oí lo que decía, dije:
-Tío, ¿qué es eso que decís?
-Calla, sobrino, que algún día te dará éste que en la mano tengo alguna mala comida y cena.
-No le comeré yo -dije- y no me la dará.
- Yo te digo verdad; si no, verlo has, si vives.
Y así pasamos adelante hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a Dios nunca allá llegáramos, según lo que me sucedió en él.
Era todo lo más que rezaba por mesoneras y por bodegoneras y turroneras y rameras y así por semejantes mujercillas, que por hombre casi nunca le vi decir oración.
Reíme entre mí y, aunque muchacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.
Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y, con él, acabar.
Estábamos en Escalona, villa del duque de ella, en un mesón, y diome un pedazo de longaniza que le asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese, sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndoseme puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual, mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que, de ser cocido, por sus deméritos había escapado. Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza y, cuando vine, hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no haberlo tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo. Alteróse y dijo:
-¿Qué es esto, Lazarillo?
-¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí y por burlar haría esto.
-No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse a olerme. Y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz. La cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo; con el pico de la cual me llegó a la golilla.
Y con esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago; y lo más principal: con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.
¡Oh gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego, que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no reírselas.
Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que la meitad del camino estaba andado; que con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y, con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y, no pareciendo ellas, pudiera negar la demanda. ¡Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así!
Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y, con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta. Sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:
-Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año, que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.
Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.
-Yo te digo -dijo- que, si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.
Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante vuestra merced oirá.
Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y, como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue así que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos, mas como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:
-Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.
Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:
-Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho y, saltando, pasaremos a pie enjuto.
Parecióle buen consejo y dijo:
-Discreto eres, por esto te quiero bien; llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.
Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle de bajo de los portales y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole:
-Tío, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.
Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua, que encima de nos caía, y, lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme de él venganza), creyóse de mí, y dijo:
-Ponme bien derecho y salta tú el arroyo.
Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:
-¡Sus, saltad todo lo que podáis, porque deis de este cabo del agua!
Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la cabeza.
-¿Cómo, y olisteis la longaniza y no el poste? ¡Oled! ¡Oled! -le dije yo.
Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomo la puerta de la villa en los pies de un trote, y, antes de que la noche viniese, di comigo en Torrijos. No supe más lo que Dios de él hizo ni curé de saberlo

viernes, 12 de julio de 2013

El huèsped vacìo

 
 RICARDO PRIETO. EL HUÈSPED VACÌO 


El escenario representa el comedor de una vivienda. Los muebles son viejos. A un costado hay una mesa y cuatro sillas, aparador y vitrina del mismo estilo. En el otro costado hay uno o dos divanes solitarios, únicos sobrevivientes de un juego de sala. Varias porcelanas de mal gusto están diseminadas sobre el aparador. Al foro está la puerta de la cocina, seguida por otra que representa la entrada del baño. Al lado de éste se encuentra la escalera para subir al altillo. En cada escalón hay una maceta con plantas. El corredor que comunica con la calle está situado a la derecha del espectador. A la derecha puede verse el acceso a la zona de los dormitorios. Láminas figurativas de diverso tipo, encuadradas de manera llamativa, están colgadas en las paredes.
Jorge está sentado estudiando. Tiene la televisión encendida a todo volumen. Entra Gloria, la madre. Trae una caldera llena de agua para regar las plantas.

Gloria: (Baja el volumen del televisor.) ¿Pero qué es esto? ¿Vos sos sordo? ¿Cómo vas a estudiar con este ruido?
Jorge: Yo estudio igual.
Gloria: Mentime que me gusta. (Empieza a regar las plantas. Pausa. Jorge descubre que la caja de cigarrillos está vacía y se pone nervioso.)
Jorge: Mamá: ¿podrías prestarme veinte pesos?
Gloria: ¿Y cómo le explico a tu padre que me faltan veinte pesos?
Jorge: Mentile.
Gloria: Nunca lo hago.
Jorge: Son para comprar cigarrillos.
Gloria: No fumes.
Jorge: Linda solución.
Gloria: Tenemos solo doscientos hasta el martes.
Jorge: Te los devuelvo mañana.
Gloria: ¿Cómo?
Jorge: Vendo un libro, qué sé yo.
Gloria: No quiero líos.
Jorge: (Con rabia.) Está bien.
Gloria: (Con ternura, después de una pequeña pausa.) No puedo darte, comprendé.
Jorge: No te preocupes. Yo siempre comprendo todo.
Gloria: Puedo darte cinco.
Jorge: (Áspero.) No alcanzan.
Gloria: Bueno, dos más.
Jorge: (Agresivo, levantando la voz.) ¡Te dije que no alcanza!
Gloria: ¿Bueno, che! (Pausa breve.) A veces me pregunto qué podría hacer. La agencia ya no me llama y hace dos semanas que no hago una limpieza. ¡Necesitamos tanto una ayuda!
Jorge: No empieces a hablar como él.
Gloria: (Pausa. Mira su anillo, piensa un poco, se lo saca y se lo ofrece.) Tomá.
Jorge: (Lo agarra.) ¿Para qué?
Gloria: Vendelo, empeñalo, qué sé yo.
Jorge: ¿No es el anillo de la abuela Cata?
Gloria: Sí, pero no importa.
Jorge: (Se lo devuelve.) No pretendo tanto.
Gloria: Dale, bobo. Lo hago con todo gusto.
Jorge: (Con ironía.) Él se va a dar cuenta.
Gloria: Le diré que lo perdí.
Jorge: (Siempre irónico.) No quiero que mientas.
Gloria: ¿El anillo es mío, no?
Jorge: Guardátelo.
Gloria: No seas bruto.
Jorge: Soy como quieren que sea.
Gloria: Tomá.
Jorge: (Tenso.) Dije que no.
Gloria: (Agresiva.) Está bien. ¡Pero después no embromes con tus lujos!
Jorge: ¿Lujo veinte pesos?
Gloria: Sí cuando se necesitan para comer.
Jorge: Le das demasiada importancia a la comida.
Gloria: Como todo el mundo.
Jorge: Yo puedo alimentarme sólo con pan.
Gloria: Cuando tenés hambre no te conforma el pan y comés con mucho gusto lo que te sirvo.
Jorge: ¿Y eso te molesta, no?
Gloria: No. ¿Por qué va a molestarme?
Jorge: (Con rencor.) Sí, te molesta. El "nene" tiene hambre y devora la comida que se compra con la jubilación de papá. ¿Y en qué se desperdicia tanta comida? En un vago que sólo quiere estudiar.
Gloria: Nunca me molestó que estudiaras.
Jorge: Eso es mentira. Vos sos igual que él.
Gloria: Tu padre y yo queremos que llegues.
Jorge: Sí: estudiando y trabajando.
Gloria: Mucha gente estudia y trabaja al mismo tiempo.
Jorge: Yo no me dejo explotar.
Gloria: En cualquier trabajo hay que sacrificarse.
Jorge: Una cosa es sacrificarse y otra es dejarse robar.
Gloria: Con ese criterio no vas a llegar a ninguna parte.
Jorge: Estás pensando como papá.
Gloria: Por dejare explotar demasiado él tampoco llegó.
Jorge: ¿Cómo que no llegó? Es jubilado y pertenece a esa casta de reyes destronados que viven llorando el paraíso perdido. Y aunque ahora tenga que aguantarse, como todos, conserva intacto su orgullo porque obtuvo su "derecho" de trabajador a morirse de hambre.
Gloria: No le ataques así.
Jorge: Vos pensás igual que yo.
Gloria: Trato de ser comprensiva.
Jorge: Por eso me das asco.
Gloria: ¿Querés que lo torture? ¿Qué le haga las cosas más difíciles?
Jorge: Quiero que no seas indiferente cuando él me ataca.
Gloria: No puedo defenderte. Está muy nervioso. Si yo interviniera complicaría las cosas.
Jorge: Yo también estoy nervioso.
Gloria: Hace meses que no lo veo reír.
Jorge: Yo tampoco puedo reírme demasiado de un tiempo a esta parte.
Gloria: ¡Yo! ¡Siempre yo! ¿Cuándo empezarás a pensar en los demás?
Jorge: Soy demasiado joven para eso.
Gloria: Los jóvenes deberían ser un poco más generosos.
Jorge: ¿Qué querrías que hiciera?
Gloria: Querría que tuvieses más paciencia y supieras esperar.
Jorge: Estoy harto de esperar.
Gloria: Algún día cambiará todo.
Jorge: (La remeda con burla.) Así te pasaste la vida. "Algún día cambiará todo", repetiste durante treinta años. Y mirate ahora.
Gloria: Yo no tengo la culpa de que las cosas hayan sido tan difíciles en este país.
Jorge
 Yo tampoco.
Gloria: Si los hijos supieran cómo luchamos por ellos...
Jorge: Lucharon porque quisieron.
Gloria: Ya lo sé.
Jorge: ¿Entonces por qué me hacés reproches? Yo no les pedí que me trajeran a este maldito mundo. Así que aguanten.
Gloria: Algún día tendrás un hijo.
Jorge: Jamás cometeré ese error.
Gloria: ¿Quién puede saber lo que va a ocurrir?
Jorge: Yo.
Gloria: Si fueras menos vanidoso...
Jorge: (Con rabia.) Voy a ser siempre vanidoso para no terminar como vos.
Gloria: ¿Y cómo terminé yo? (Con tristeza.) A pesar de todo soy feliz.
Jorge: (Con ironía.) Sí, papito es un hombre grandioso.
Gloria: Es un buen hombre.
Jorge: Mentime que me gusta.
Gloria: No veo qué tenés que reprocharle. Ya sé que es rezongón y que...
Jorge: (La interrumpe.) No soy yo quien debería hacerle reproches.
Gloria: Yo tampoco.
Jorge: Eso es lo que decís. Pero supongo que alguna vez te habrás preguntado si era esto lo que querías.
Gloria: (Vacilante.) Te tengo a vos, y a él, y esta casa...
Jorge: (Con crueldad.) No tenés nada.
Gloria: Estás loco.
Jorge: Almorzás con un plato de fideos y a veces ni siquiera podés cenar.
Gloria: Hambre no paso.
Jorge: ¿Cuándo te das un gusto? Ni siquiera salís a pasear.
Gloria: No me gusta la calle.
Jorge: Te gusta pero no querés reconocerlo.
Gloria: Si me gustara saldría.
Jorge: ¿Adónde? A veces no tenemos ni para el ómnibus.
Gloria: Soy feliz aquí.
Jorge: Nadie es feliz en una tumba.
Gloria: (Herida pero tratando de convencerse a sí misma.) ¡Esta casa no es una tumba! Hay plantas, y flores, y el televisor está siempre encendido y...
Jorge: (La interrumpe.) Y él nunca está.
Gloria: No voy a pretender que pase todo el día conmigo.
Jorge: (Burlón.) ¡Ni para eso sirve papito!
Gloria: Aquí dentro se aburre.
Jorge: Y te deja sola.
Gloria: Yo no se lo reprocho. Además tiene sus changas. ¡Si no consiguiera esos trabajos transitorios no sé qué hubiera sido de nosotros!
Jorge: No trates de justificarlo. Se va porque lo hartás.
Gloria: ¡Eso es mentira!
Jorge: ¿También hace changuitas los domingos?
Gloria: Desde que se jubiló necesita distraerse.
Jorge: Si te quisiera como Dios manda se distraería a tu lado.
Gloria: Ustedes, los jóvenes, conocen tan poco de la vida.
Jorge: Sí, yo no sé nada, soy joven y estúpido. Pero ustedes, los que saben, no son un ejemplo nada edificante. Alcanza con mirarles las caras para no querer vivir como vivieron. Sos una persona muy triste, mamá, y a pesar de ser joven parecés una vieja.
Gloria: (Con angustia.) Yo no parezco ninguna vieja. ¡Y no entiendo por qué me hablás así!
Jorge: (Desolado.) Yo tampoco, mamá. Te juro que yo tampoco.
Luis: (Ha entrado a la casa y grita desde el zaguán.) ¡Vieja! ¡Jorge!
Gloria: (Alarmada.) ¿Qué pasa?
Luis: (Entra con euforia y deposita un paquete de masas sobre la mesa. Jorge lo abre y empieza a comer con voracidad.) ¡Ni te imaginás! ¡Nunca más nos faltará dinero!
Jorge: No entiendo nada.
Gloria: Yo tampoco.
Luis: Dentro de un rato llegan.
Gloria
 Gloria: ¿Quiénes?
Luis: ¡Ellos! ¡Los salvadores! (Abraza a la mujer y la obliga a bailar. Ella ríe, nerviosa.) ¡Los salvadores!
Jorge
 Jorge: (Como un médico que hace el diagnóstico.) Los primeros grados típicos de la psicosis.
Luis: ¿Por qué se quedan así? ¡Los salvadores!
Gloria
 Gloria: ¿Qué salvadores?
Luis: A partir de hoy somos cinco a la mesa.
Gloria
 Gloria: ¿Estás loco? ¡Apenas podemos comer nosotros!
Luis: Es para bien.
Gloria: ¿Para bien dos bocas más?
Luis: Sí. Pagarán lo que coman y el agua que usarán y el cuarto que les alquilaremos.
Gloria
 Gloria: (Reaccionando.) ¡Si seré boba!
Jorge: Se acabó la tranquilidad.
Luis: Querido: hay que elegir entre la tranquilidad y la miseria. La situación...
Jorge: (Lo interrumpe.) No exageres. No nos estamos muriendo de hambre.
Luis: No tenemos ni qué ponernos. Mirá mis pantalones agujereados. Y tu madre no puede comprarse un camisón. Y vos, que pasás todo el día en la calle, no tenés un saco decente.
Gloria: ¿Pero qué clase de gente es?
Luis: (Creando misterio.) Especiales. ¡Especialísimos!
Gloria: ¿Quiénes son? ¿Cómo los conociste?
Luis: No te apures, necesito respirar. (Se sienta.) Para empezar les diré que sólo hablé con él.
Gloria: ¿Es un matrimonio?
Luis: Sí, y muy unido.
Gloria: ¿Pero de dónde salieron?
Luis: Eso es lo más extraordinario, y no sé si vas a creerme.
Gloria: ¡No me impacientes, por Dios!
Luis: Está bien. (Se toma tiempo.) Voy caminando por la calle y veo venir un tipo con pinta de extranjero. Miro el traje que tiene...¡qué traje! ...y la piel cuidada y la expresión de estar muy satisfecho y pienso: "Este sí que debe pasarla bien". (Pausa muy breve.) ¿A qué no saben qué hizo cuando me crucé con él?
Gloria: ¿Qué?
Luis: Me detuvo.
Gloria: ¡Virgen María!
Luis: Sí, sí, me detuvo. Pero ahora viene lo más lindo. ¡Me detuvo y me pidió un cigarrillo!
Gloria: ¡No!
Jorge: Rasgo típico de avaricia.
Luis: Nada de eso.
Jorge: Sería un psicólogo, quería estudiar tu reacción y...
Luis: (Lo interrumpe.) Mucho menos.
Jorge: Entonces sería un mucamo vestido con la ropa del patrón.
Luis: (Riendo) No, no.
Jorge: Quizá...
Gloria: (Interrumpe a Jorge.) ¿Por favor! ¡No trates de explicarte todo, como siempre! (A Luis.) ¿Y vos qué hiciste?
Luis: Se lo di. ¿Podía negarle cigarrillos a un hombre como aquel? "Andá a saber quién diablos es", pensé. Entonces lo agarró y lo prendió con un encendedor de oro.
Gloria: ¿De oro?
Luis: ¡Sí, de oro! Pero eso no era nada. Sacó un paquete de cigarrillos americanos y me los regaló. (Extrae la caja del bolsillo y se la da a Jorge, quien la agarra alborozado y empieza a fumar con avidez.) Me quedé...
Gloria: (Lo interrumpe.) Duro.
Luis: Más que duro: con la boca abierta.
Gloria: ¿Le agradeciste por lo menos?
Luis: No me dio tiempo. Apenas agarré el paquete me invitó a tomar algo.
Gloria: (Estupefacta.) ¿Qué?
Luis: Sí, aunque no lo creas. Aquel tipo con pinta de rey me invitó a mí a tomar algo.
Jorge: (Medita en voz alta.) Encendedor de oro, regala cigarrillos, invita sin motivo. Rasgos típicos de divismo.
Gloria: (A Jorge, molesta.) ¡Che, no sigas! (A Luis.) ¿Y qué tomaste?
Luis: Pensé que me convenía impresionarlo bien y sólo tomé un café.
Gloria: Hiciste bien.
Jorge: Reacción típica del demoníaco.
Luis: Llamalo como quieras. La cosa es que tomé el café mientras el tipo me miraba con aquellos ojos de magnate y de pronto me preguntó: "¿No conoce a ninguna familia que quiera alquilar una pieza?" Yo me sorprendí y le pregunté para quién. Y él me contestó: "Para mí".
Gloria: ¡Parece mentira!
Luis: ¡Imaginate cómo quedé por el hecho de que aquel tipo que podía vivir en un hotel cinco estrellas quisiera alquilar una pieza en una casa de familia!
Jorge: Eso es muy lógico tratándose de un excéntrico.
Gloria: (A Jorge.) ¡Che! (A Luis.) ¿Y vos qué le dijiste?
Luis: Le pregunté enseguida cuánto podía pagar.
Gloria: ¡Qué pregunta!
Jorge: Era una pregunta correcta. Las apariencias...
Luis: (Lo interrumpe.) ¡Que iba a ser natural! El hombre me miró con cara de sobrador y contestó: "Cualquier precio."
Gloria: ¡Qué bárbaro!
Luis: Me quedé pasmado. Pero volví al ataque. Le pregunté si la pieza era para él solo y me contestó que era para él y la mujer. "Ah, el señor es casado", dije yo. Y él inclinó la cabeza sin sonreír.
Jorge: Rasgo típico de quien odia a su mujer.
Luis: Andá a saber. Lo cierto es que vendrá con ella.
Gloria: ¿Pero a qué se dedican?
Luis: Aquí viene lo mejor. ¿Saben qué me contestó cuando le pregunté si era profesor o bancario o jubilado?
Gloria: No.
Luis: (Remeda al futuro huésped.) "Yo no trabajé nunca."
Gloria: ¡No puedo creerlo!
Luis: Así como lo oís: "Yo no trabajo". "Ah, es un rentista", le dije. Y él dijo que sí.
Gloria: (Deslumbrada.) ¡Un rentista!
Luis: Eso mismo.
Jorge: ¿No se dedicará al narcotráfico?
Gloria: (A Jorge.) ¡No seas guarango!
Luis: Entonces le dije: "Mi mujer y yo, fíjese qué casualidad, andamos con ganas de alquilar una pieza en nuestra casa a gente honesta, de buena familia".
Gloria: ¿Cómo se te ocurrió?
Luis: Yo qué sé. Uno anda preocupado por la falta de plata y la cabeza empieza a funcionarle. ¿Saben qué hizo?
Gloria: No.
Luis: Sacó una billetera con un fajo así de billetes, la abrió y me preguntó con aire de gran señor: "¿Cuánto?"
Gloria: ¿Así nomás? ¿Sin hacer otras preguntas?
Luis: Así nomás. Era como para morirse de susto.
Gloria: ¿Y cuánto le pediste?
Luis: (Después de una breve pausa, con cierto regodeo.) Como quieren pensión completa y teniendo en cuenta que nadan en plata les pedí veinte mil pesos mensuales.
Jorge: Rasgo típico de la delincuencia provocada por la necesidad.
Gloria: (Maravillada.) ¡Veinte mil pesos!
Luis: No dijo ni ay. ¡Sacó veinte billetes de mil, me los dio y los metí enseguida en el bolsillo temiendo que se arrepintiera! (Tira el dinero hacia el techo. Los billetes se desperdigan por el piso. Gloria y Jorge corren gritando de alegría a recogerlos. Gritan, besan y huelen la plata, etc.)
Jorge: ¡Esto es una maravilla! ¡Voy a comprar tres cartones de cigarrillos, dos pantalones vaqueros y un par de zapatos!
Luis: (Le arrebata el dinero.) ¡No, señor! ¡Con esta plata vamos salvar nuestras vidas y tendremos que usarla con medida! (Le quita a gloria los billetes que ella retuvo.) Dame eso.
Gloria: ¡Quiero algo ahora!
Luis
 Luis: Tomá mil pesos para el Super. (A Jorge.) A vos te daré algo cuando cambie.
Jorge: ¡Necesito plata ahora, papá! ¡No tengo un mango!
Luis: Parala, che. Ya te daré.
Gloria: (Oliendo el billete.) ¡Sos genial! ¡Genial!
Luis: Con los tres mil quinientos de mi jubilación y las changas estamos pasando penurias pero más o menos vivimos. ¡Con veinte mil pesos más nos va a sobrar plata! (Grita.) ¡Seremos ricos!
Jorge: ¡Voy a tener siempre cigarrillos! ¡Y voy a viajar, a conocer Francia, y España, y toda América Latina!
Luis: (A Gloria, con ternura.) Y vos nunca más tendrás que hacer limpiezas, mi amor. Y podrás comprarte perfumes y ropa interior decente.
Gloria: Se nos va ir una parte en alimentarlos. Andá a saber qué quieren comer.
Luis: No cenan ni desayunan. Además son vegetarianos. Solo comen verduritas.
Gloria: ¿Es increíble!
Luis: ¡Si será! ¡No gastaremos ni setecientos pesos por mes en darles de comer! ¡Nos sobrarán diecinueve mil trescientos!
Gloria: ¡El alquiler lo pagaremos con tu jubilación!
Luis: ¡Y el teléfono y la luz! ¡El resto será para vestirnos como la gente, pagar deudas y comer bien!
Gloria: ¡Dios mío! ¡Tanta felicidad no puede ser cierta!
Luis: Es tan cierta que están por llegar.
Gloria: Me había olvidado. Y yo con esta pinta.
Luis: No te preocupes: saben que vienen a la casa de gente sencilla.
Gloria: Hay que prepararles el cuarto.
Luis: Lo antes posible.
Gloria: ¿Pero cuál?
Luis: ¿Cómo cuál? El de Jorge.
Jorge: ¡Ah no! ¡Eso sí que no! ¡Mi cuarto no!
Gloria: ¿Dónde duerme él?
Luis: En el altillo.
Jorge: Está lleno de cucarachas.
Luis: Las matás.
Jorge: No me cabrían los libros.
Luis: Se venden.
Jorge: ¿Estás loco?
Luis: ¡Más loco estás vos poniéndote exigente justo ahora! Si no aprovechamos esta oportunidad estamos perdidos. Y vos no vas a pagar todo lo que debemos.
Jorge: Ya empezó.
Luis: No te enojes. Quise decir que vos no podés ayudarnos.
Jorge: El tono con que siempre lo decís es muy sospechoso.
Luis: Ves misterio donde querés.
Jorge: ¿Quién habló de misterio? Vos y yo nos conocemos bastante.
Luis: ¿Qué quisiste decir?
Jorge: A veces pienso que no te entusiasma mucho mi carrera.
Luis: (Con ira.) ¿De dónde sacaste eso?
Jorge: Prefiero no hablar.
Luis: (Terminante.) No. Quiero que seas claro.
Jorge: Algún día puede ser.
Luis: (Con violencia.) ¡Quiero que lo hagas ahora!
Jorge: (También con violencia.) ¡Ahora no tengo ganas!
Gloria
 Gloria: No se peleen.
Luis: (A Gloria.) ¿No oíste lo que dijo? ¿Cómo no me va a interesar que estudie si alquilé una pieza para que no le falte nada y pueda continuar yendo a la Facultad?
Jorge: (Burlón.) Aplaudo tu generosidad y te invito a cambiar de tema.
Luis: (Con rabia.) Hacé lo que quieras. (Pausa breve.)
Gloria: (A Jorge.) ¿Vaciamos tu pieza?
Jorge: (Siempre burlón.) Claro, la idea me apasiona. Con veinte mil pesos más va a olvidar que no trabajo y podré estudiar tranquilo.
Luis: Y dale.
Gloria: No pierdan tiempo y vamos a vaciar el cuarto.
Luis: (Con temor.) Esperen un poco. (Un silencio.) Tengo que hacer algunas aclaraciones. (Gloria y Jorge se miran expectantes, intuyendo algo desagradable.) El señor puso ciertas condiciones.
Gloria: ¡Ya me parecía!
Jorge: ¿Qué condiciones?
Luis: (Con mucha cautela.) Bueno, no quiere oír música.
Gloria: ¿Qué?
Jorge: ¡Pobre de mí!
Luis: Se acabaron los teleteatros. (Apaga el televisor.) Yo también me sacrificaré. Se terminó Gardel. Él y su señora odian los ruidos.
Gloria: ¡Es horrible!
Luis: ¿Querés los veinte mil o no?
Gloria: Sí, pero...
Luis: (La interrumpe.) Entonces dejá de chistar.
Jorge: Por lo menos podré oír música cuando no estén.
Luis: No creo.
Gloria: ¿Cómo?
Luis: Dije que no creo.
Gloria: ¿Por qué?
Luis: Voy a ser sincero. (Pausa muy breve.) No saldrán nunca.
Gloria: ¿Tendremos que aguantarlos todo el día?
Luis: ¿Querés que te paguen los veinte mil pesos para no verlos?
Gloria: Eso no. Pero aquí todo el día...No entiendo.
Luis: Parece que ella es enferma. Sí, ya sé que es una desgracia. ¿Pero qué le vamos a hacer? Es enferma.
Gloria: ¡Una enferma! ¡Lo peor que podría pasarnos!
Jorge: ¡Estamos listos!
Luis: (Con infinito cuidado.) Eso no es todo.
Gloria: (Alarmada.) ¿Hay algo más?
Luis: Sí. A las ocho de la noche tiene que estar toda la casa a oscuras.
Gloria: ¡No, eso no!
Jorge: ¿Por qué?
Luis: Ellos lo quieren así.
Gloria: ¿Todavía no vinieron y ya están mandando?
Luis: Pensá en la plata.
Gloria: Pienso, pienso. Pero por veinte mil pesos no voy a acostarme con él ¿no?
Luis: Nadie te pidió eso.
Gloria: No hay mucha diferencia. ¿Por qué quieren...?
Luis: (La interrumpe.)Es la mujer. Odia la luz.
Gloria: Que apague la del cuarto de ella.
Luis: Tiene un sexto sentido que le permite adivinar si hay luz en el resto de la casa. Y la luz la enfurece.
Gloria: ¡Debe de ser una loca!
Luis: Calmate. (Un silencio muy breve.) Y prepárense para oír el resto.
Gloria: (Con pánico.) ¿Hay más?
Luis: Se acabaron los pájaros.
Gloria: ¿Qué?
Luis: Las plantas.
Gloria: ¡No!
Luis: El gato.
Gloria: ¿Estás loco?
Luis: Y el mate.
Gloria: ¡Jamás!
Luis: Odian todo eso y hay que eliminarlo antes de que lleguen.
Gloria: ¡Ni por doscientos mil pesos voy a desprenderme de lo que más me importa en el mundo!
Luis: (Conciliador.) Querida, las plantas y los pájaros...
Gloria: (Lo interrumpe.) ¡Los tengo desde que me casé!
Luis: Pero el gato...
Gloria: ¡Lo recogí de la calle! ¡Lo crié como a un hijo!
Jorge: ¿Y el mate?
Luis: Yo también lo siento, pero no hay más remedio.
Gloria: (Con furia.) ¡Me niego!
Luis: ¡Por Dios!
Gloria
 Gloria: ¡Ni por un millón pueden prohibirme que tome mate cuando quiero! ¿Con qué derecho?
Luis: A cambio de eso no te faltará nada. ¿No ves cómo estamos viviendo? Tus vestidos están remendados. Tengo un solo pantalón y está roto. Vivimos a pan y mate. Jorge no tiene ni para comprar una cerveza. (Suplicante.) ¡No podemos seguir así!
Gloria: Viviremos peor cuando vengan.
Luis: No se quedarán mucho tiempo: cuatro, cinco meses. Después les pediremos que se vayan. Vamos, querida. Nunca me opuse a tus deseos. (Intenta acariciarla.)
Gloria: (Terminante.) ¡No quiero a esas personas dentro de esta casa! Y te advierto que no se saldrán con la suya. (Sale con determinación. Luis la sigue.)
Luis: Querida, por favor...(Llaman a la puerta con un golpe estridente. A partir de este momento se producen una serie de movimientos acelerados. El ritmo se vuelve frenético y alucinante.) ¡Son ellos! ¡Ya llegaron! (A Jorge.) ¡Rápido! ¡Sacá esas jaulas de ahí! ¡Yo llevo las plantas! (Toma varias macetas y se las lleva.)
Jorge: ¿Dónde pongo las jaulas?
Luis: Metelas en el balcón. ¡Pronto! ¡Y encerrá al gato en el armario! ¡Después veremos qué hacemos con él!(Llaman a la puerta otra vez.) ¡Dale, movete! ¿Y sacá ese mate de la mesa! ¡No, yo lo haré! ¡Vos andá a abrir!
Jorge: ¡Voy!
Luis: (Llevándose el termo y el mate.) ¡Apurate! ¡No los hagas esperar! (Pausa. Entra Luis. Enseguida, seguido de Jorge, aparece el señor Fergodlivio. Es alto y tiene puesto un traje negro. Sus rasgos crispados y ascéticos pertenecen a una de esas personas silenciosas cuya mirada y gestos revelan empero la agresividad que quieren ocultar. Habla de manera mesurada, con fatiga a veces, con ímpetu otras, pero respondiendo a un plan, como si las manos, la cabeza y las piernas conocieran demasiado bien el papel que les ha sido asignado y del cual no osan salir porque allí está el señor Fergodlivio para impedirlo.)
Ferg.: (A su imaginaria mujer.) Vamos, Clara. No me impacientes.
Luis: (Desconcertado pero tratando de sobreponerse a su asombro.) Buenas tardes, señor Lirvio.
Ferg.: (Lo corrige.) Fergodlivio. (Aspero y distante.) ¿Cómo está usted? (Se inclina como un Guermantes.) Le presento a mi mujer. (A Clara.) Saluda al señor. (Un silencio A Luis.) Está enojada.
Luis: (Con cómico asombro.) ¡Cómo lo lamento! (Le acerca una silla.) Pero siéntese, por favor.
Ferg.: (Molesto.) Clara también se sienta.
Luis: (Estupefacto.) Sí, por supuesto. (Acerca otra silla, aunque no sabe dónde ubicarla.)
Ferg.: Espero que haya vaciado mi pieza.
Luis: No tuvimos tiempo, en realidad. Pero lo haremos enseguida y podrá traer sus muebles.
Ferg.: ¿Qué muebles?
Luis: La cama, por ejemplo.
Ferg.: Mi mujer y yo no necesitamos cama.
Luis: Pero...
Ferg.: ¿Lo duda?
Luis: No, por favor. Pero al menos habrán traído un colchón y un ropero.
Ferg.: (Despectivo.) ¡Qué anacronismo!
Luis: (No entendió.) ¿Qué?
Jorge
 Jorge: El señor quiere decir que nada de eso se usa ahora.
Luis: (Asombrado.) Claro. (Breve silencio.) ¿Entonces duermen en el suelo?
Ferg.: Nosotros no dormimos nunca. (Pausa muy tensa.)
Luis: Oh.
Ferg.: ¿Dijo oh?
Luis: Dije que comprendí. (Pausa breve.) ¿Tampoco...?
Ferg.: (Lo interrumpe.) ¿Tampoco qué?
Luis: (Un poco asustado.) Ropa.
Ferg.: (Como si le hubiesen hablado de algo desconocido.) ¿Ropa?
Luis: Sí: camisas, vestidos, pantalones.
Ferg.: Ah, era eso. Tampoco. Alcanza con lo que tenemos puesto. (Clara se agita.) ¿Qué pasa? Entendí. (A Luis.) Clara tiene sed. Sírvale agua, por favor.
Luis: ¡Pero como no! (A Jorge, con esfuerzo.) Traele un poco de agua a la señora. (Jorge sale. Pausa. Jorge regresa con un vaso con agua.)
Ferg.: (Mirando el vaso con repulsión.) Ella toma el agua en plato.
Luis: (Con supremo esfuerzo.) Andá, querido, traele un plato con agua a la señora.
Jorge: (Molesto.) Delírium trémens.
Ferg.: ¿Qué dijo?
Luis: (Con rapidez.) ¡Dijo que su señora es muy simpática!
Ferg.: A propósito: es extraño no ver aquí a su esposa.
Luis: Tenía dolor de cabeza y se acostó un rato.
Ferg.: ¿Padece jaqueca frecuentemente?
Luis: A veces.
Ferg.: Ojalá que sólo sea a veces. La gente enferma es muy perturbadora. (Jorge regresa transportando un plato lleno de agua pero no sabe cómo entregárselo a Clara, pues no la ve. Fergodlivio se apodera con violencia del plato y lo deposita en el suelo. Jorge y Luis observan con estupor. Clara bebe. Fergodlivio la contempla con un sentimiento turbio y parecido al embeleso.) ¿Te gusta, querida? ¿Qué pasa? (A Luis.) Clara no se tranquilizará hasta que no vea a todos los que compartirán la vida con ella. Quiere ver a su señora.
Luis: Pero eso ahora es imposible.
Ferg.: (Con suavidad pero terminante.) Es una exhortación de Clara.
Luis: (Vacilante.) Sí, comprendo.
Ferg.: Ahora es una orden.
Luis: Lo intentaré. (Se dirige hacia el cuarto.)
Ferg.: (Amenazador.) Será mejor que lo logre. (Pausa. Mira a Jorge.) ¿El joven es estudiante?
Jorge: (Evasivo y molesto.) Por ahora.
Ferg.: ¿De qué?
Jorge: Psicología.
Ferg.: (Sonríe por primera y última vez en el transcurso de la obra.) Comprendo. (Cortante.) Acérquese. Colóquese aquí, donde Clara pueda verlo mejor. (Jorge obedece.) Y no le clave esos ojos demasiado oscuros. No le agrada la insolencia.(Entran Gloria y Jorge.)
Luis: (Muy nervioso.) Mi mujer. El señor Fergodlivio. (Con supremo esfuerzo, señalando el plato.) La señora de Fergodlivio.
Ferg.: Su esposa no le gusta. (La madre está a punto de contestar con agresividad pero la detiene la rápida intervención del marido.)
Luis: (A Fergodlivio.) Ya sabrá conquistarla.(A Gloria.) ¿Verdad, querida?
Ferg.: No será fácil.
Luis: ¿Usted cree?
Ferg.: Estoy seguro. Vamos a inspeccionar la casa, Clara. Sé que eso te tranquilizará. (Inicia una inspección minuciosa que culmina en la cocina.) Veremos si el señor Flores ha cumplido su promesa. Plantas no se ven, tampoco pájaros. (Sale seguido por Luis.) Ningún siniestro animal perturbará tu tranquilidad.
Jorge: ¡Qué tipo!
Gloria
 Gloria: ¿Qué es esto? ¿Dónde están las plantas y los pájaros?
Jorge: Qué sé yo.
Gloria: ¿Qué hace ese plato en el suelo?
Jorge: (Burlón.) Esa es Clara, su mujer. Parece que vino con él.
Gloria: ¡Es un loco! ¿Te das cuenta de lo que hizo tu padre?
Jorge: Nunca vi nada igual.
Gloria: ¡Y todo por un poco de plata! ¿Vas a decirme que no se dio cuenta de lo que es este tipo?
Jorge: Sin Clara al lado podría parecer normal.
Gloria: ¿Normal con la cara que tiene?
Jorge: ¡Ojo! Ahí viene.
Ferg.: (Entrando, siempre seguido por el Jorge.) Todo parece estar en orden. (Clara se agita otra vez.) ¿Qué pasa, mi vida? (A Luis.) A Clara no le gusta la casa.
Luis: ¡Si se pudiera solucionar!
Ferg.: Se puede.
Luis: ¿Cómo?
Ferg.: Clara odia los ruidos, principalmente los de pasos. (Pausa muy breve.) Supongo que oyeron.
Jorge: ¿Qué quiere decir?
Ferg.: (Molesto porque tiene que repetir.) Dije que Clara odia los ruidos, principalmente los de pasos.
Luis: Entiendo.
Ferg.: ¿Qué esperan entonces?
Luis: (Asombrado.) ¿Para qué?
Ferg.: Para descalzarse. (Luis se saca con lentitud los zapatos. Gloria y Jorge se miran desconcertados. La madre opta por imitar a su marido mientras la luz declina de manera gradual. Jorge hace lo mismo. Oscuridad total.)


- II - 


Fergodlivio está sentado a la mesa meditando. Entra la madre. Viene de la calle y se quita el tapado y los zapatos.
Ferg.: Buenas tardes.
Gloria: (Con aspereza.) Buenas tardes.
Ferg.: ¿Por qué no me saludó?
Gloria: Porque no lo vi.
Ferg.: ¿No me vio? Lo dudo. (Breve silencio.) Nunca olvide que cuando entre a una casa debe saludar.
Gloriaa: ¿Cuándo entro a mi casa también?
Ferg.: ¿Por qué lo dice en ese tono?
Gloria: ¿Cómo quiere que lo diga?
Ferg.: Con menos seguridad. No me gusta la gente demasiado convencida de que tiene algo.
Gloria: Puedo demostrar que esta es mi casa.
Ferg.: Inténtelo.
Gloria: No creo que sea el momento.
Ferg.: Sí es el momento de pedirle que no vuelva a salir.
Gloria: (Molesta, retándolo.) ¿Y por qué?
Ferg.: Clara puede necesitarla.
Gloria: ¿Pretende que me pase todo el día aquí?
Ferg.: Supongo que le conviene.
Gloria: Veremos. (Se dirige a su cuarto con rabia y determinación.)
Ferg.: ¿Adónde va?
Gloria: A mi cuarto.
Ferg.: No, señora.
Gloria: ¿Cómo dijo?
Ferg.: Dije que usted no va a ir a su cuarto. ¿Verdad, Clara?
Gloria: Tengo que ir.
Ferg.: Clara y yo le sugerimos que se siente en esa silla. (La madre vacila. Está angustiada.) No delibere tanto y obedezca. (Ella se sienta. Pausa extensa.) ¿Cuánto hace que usted y el señor Flores se casaron?
Gloria: Veinte años.
Ferg.: (A Clara.) Veinte años de horror, Clara.
Gloria: ¿Por qué dijo horror?
Ferg.: ¿Sabe por qué las parejas llegan juntas a la vejez? Porque temen la soledad. Por eso se soportan la mentira, el asco y el odio. Después mueren uno al lado del otro como si fueran dos extraños.
Gloria: Mi esposo y yo nunca nos odiamos.
Ferg.: Eso cree. ¿Verdad, Clara?
Gloria: Estoy muy segura.
Ferg.: Necesita estar segura. ¿Sabe para qué? Para no matarse ahora mismo. (Un silencio.) ¿Nunca pensó que algún día querrá ver a su esposo muerto?
Gloria: ¿Muerto? ¿Él? ¡Dios mío!
Ferg.: (Con frialdad.) Usted ha sufrido mucho, señora, y su esposo también. Merecen un descanso, merecen la muerte de uno de los dos. Imagine lo que sería vivir sola, sin la presencia de ese espía insoportable que viene torturándola desde hace veinte años.
Gloria: ¡Mi esposo nunca me torturó!
Ferg.: ¿Escuchaste, Clara? ¡Si tú fueras tan pura e ingenua qué hermoso sería todo entre nosotros! Aunque me pregunto si yo podría soportar tanta estupidez reunida en una sola persona. (Breve y tenso silencio.) Yo odio a los seres como usted, señora.
Gloria: (Dolida.) Lo sospechaba.
Ferg.: Yo sólo amo a Clara. (Con angustia y creciente violencia.) ¡Pero a veces, cuando quiere escapar de mi cadena, cuando quiere ser más que mi cadena, más que mi mano, más que mi sangre, también la odio a ella! (Breve silencio.) Pero eso no ocurre casi nunca.
Gloria: (Con saña.) Usted y Clara, por lo que veo, no son muy felices.
Ferg.: ¿Qué quiso decir?
Gloria: Que el horror a que se refería hace un rato debe ser el que está sintiendo usted.
Ferg.: (Con ira.) ¿Escuchaste, Clara? ¿Permitiremos que una bestia ensucie con sus palabras nuestro amor infinito?
Gloria: (Asustada.) No quise ofenderlos.
Ferg.: (Autoritario y violento.) Clara quiere fumar, señora.
Gloria: (Con estupor.) ¿Quiere fumar?
Ferg.: Sí, fumar. ¿Por qué se asombra tanto?
Gloria: No sé qué quiere que haga.
Ferg.: Tráigale un cigarrillo.
Gloria: Yo no fumo.
Ferg.: (Amenazador.) ¿No hay un cigarrillo en toda la casa?
Gloria: Sólo mi hijo tiene.
Ferg.: Su hijo fuma cigarrillos negros y Clara los odia.
Gloria: (Muy nerviosa.) ¿Qué quiere que haga entonces?
Ferg.: (Gritando.) ¡Salga y compre!
Gloria: Está bien. (Con dolor y resignación.) Está bien. (La madre se pone los zapatos y sale.)
Ferg.: (La luz declina lentamente. A Clara, con ternura.) Me alegra, amor mío, que no te inmuten las despreciables palabras de estos imbéciles. Tú eres bella y grande. Yo también. Y todo nos ha sido permitido. ¿Qué pueden importarnos los pensamientos oscuros e inciertos de quienes no han dado nada aún? ¿Qué te ocurre? Sí, ya sé que debería haber vuelto. Pero no te preocupes. (Amenazador.) Tú y yo le haremos perder la insoportable lentitud que tiene. (Oscuridad total.)

- III -

La acción transcurre en el mismo lugar. Jorge y Ana, su novia, están estudiando.
Ana: (Lee en voz alta.) "Vivimos rodeados por olas de mendacidad. Millones de palabras nos cubren sin la menor intención de significado. El silencio se está convirtiendo en la prerrogativa de las elites resguardadas o de los marginados enjaulados. Como resultado de todo esto, los modos de expresión han sufrido una enorme inflación". (Lo mira.) ¿Qué pasa?
Jorge: Nada.
Ana: A mí no podés mentirme. (Lo acaricia.) Hace una hora que empezamos a estudiar y no nos sirvió de nada. Además estás triste y preocupado. ¿Qué anda mal, Jorge?
Jorge: Qué sé yo.
Ana: Sí que sabés.
Jorge: Es ese tipo. No lo soporto, Ana. No lo aguanto más.
Ana: ¿Qué tiene ese hombre para ponerte así?
Jorge: Desde que vive aquí todo se volvió insoportable.
Ana: Sólo es un inquilino.
Jorge: ¿Inquilino? ¡Manda, insulta, agrede, exige, chantajea! ¡Inquilino!
Ana: ¿Y por qué le permiten todo eso?
Jorge: Porque paga.
Ana: Todos los inquilinos pagan.
Jorge: Este es muy especial.
Ana: ¿No podrías hablar con él y pedirle que se ubique y que entienda que no es el dueño de la casa?
Jorge: Jamás entraría en razones.
Ana: ¿Por qué sos tan pesimista?
Jorge: Porque tiene mucho dinero.
Ana: ¿Cuánto paga por la pieza?
Jorge: Veinte mil pesos.
Ana: (Estupefacta.) Oh la la.
Jorge: ¿Te das cuenta de lo que significa eso? ¡Papá sería capaz de mandarme a la horca por esa guita!
Ana: No hables así. Tu viejo se sacrifica para que todos vivan mejor.
Jorge: No vivimos mejor.
Ana: Sí, económicamente.
Jorge: Si mamá y yo le importáramos no se quedaría callado cuando ese tipo nos maltrata.
Ana: Él también debe de estar molesto.
Jorge: Si fuera así pondría las cartas sobre la mesa.
Ana: Quizá lo haga.
Jorge: No podrías imaginar en qué se convirtió. Los ojos le brillan y se le agrandan cuando habla del dinero Y hasta está especulando con cobrar más.
Ana: ¿Más? ¡Pero lo que paga ese hombre es una barbaridad!
Jorge: No sé, Ana. No entiendo nada. ¡Si supieras las cosas que están ocurriendo!
Ana: ¿Qué cosas?
Jorge: No voy a decírtelo porque no lo creerías. Además me avergüenza.
Ana: Me pregunto para qué quiere tu padre más dinero.
Jorge: ¿Cómo para qué? ¿No sabés que cuanto más se tiene más se quiere? (Con violencia.) ¡Pero así se termina también!
Ana: Calmate.
Jorge: No puedo más, Ana.
Ana: ¡Pobrecito! (
 Lo acaricia. Pausa.) ¿Querés venir a vivir a mi casa?
Jorge: ¡Linda cara pondría tu vieja!
Ana: Comprendería una cosa así.
Jorge: No tengo dinero para independizarme de mis padres.
Ana: ¿Por qué no buscás un trabajo?
Jorge: Quiero terminar mi carrera lo antes posible y no estoy dispuesto a perder tiempo trabajando.
Ana: Hay trabajos de pocas horas. De mañana, por ejemplo. O de tarde.
Jorge: No hay trabajos de medio día.
Ana: Tiene que haber.
Jorge: Te pagan chirolas.
Ana: Algo tenés que hacer si querés terminar con todo esto.
Jorge: No quiero pasarme ocho horas al día vegetando en una oficina.
Ana: Casi todo el mundo lo hace.
Jorge: Yo no. Mi carrera es más importante que nada.
Ana: Tu libertad también.
Jorge: ¿No hay forma de avanzar sin dejar algo por el camino? ¡Yo no quiero ser psicólogo para llenarme de oro y tener estatus! ¡Quiero serlo por vocación, para ayudar! ¿Por qué tengo que ir a sufrir a un laburo en lugar de estudiar?
Ana: No se puede tener todo.
Jorge: ¡Yo no quiero todo! ¡Sólo quiero dedicarme a lo mío sin molestar a nadie y sin que nadie me joda!
Ana: Hacelo. Pero aguantá al tipo ese entonces.
Jorge: ¡A los locos no se los aguanta! ¡Se los encierra o se los trata!
Ana: No te enojes.
Jorge: ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Ana: Trabajá, ya te lo dije. Dedicale menos tiempo a tu carrera. (Con fervor.) ¡No dejes que te roben lo más valioso que tenés: tu libertad y tu intimidad. Eso solo vale veinte horas de trabajo. ¡Luchá! ¡Luchá con todas tus fuerzas!
Jorge: ¿Cómo?
Ana: El padre de una amiga mía tiene un supermercado y anda buscando un cajero. Puedo recomendarte.
Jorge: (Asombrado.) ¿Estás loca, vos?
Ana: (Asombrada también.) ¿Por qué decís eso?
Jorge: ¡Yo no voy a trabajar en un supermercado!
Ana: No grites.
Jorge: (Bajando la voz y recalcando.) Yo no voy a trabajar en un supermercado.
Ana: ¿Por qué?
Jorge: Es muy sencillo, Ana. Yo estudio.
Ana: ¡Miles de tipos trabajan y estudian al mismo tiempo!
Jorge: (Con ironía.) Eso mismo dice papá.
Ana: Es la verdad.
Jorge: ¿Y a vos te parece que se puede estudiar después de trabajar diez horas en un supermercado?
Ana: Sería algo transitorio.
Jorge: Nada es transitorio después de decir que sí. ¿Además cuándo podré vivir? La vida no consiste solo en trabajar y estudiar.
Ana: Pero vos querés tener todo.
Jorge: ¿A qué llamás el tener todo?
Ana: No querés tener problemas económicos pero tampoco estás dispuesto a trabajar. El inquilino solucionó los problemas de plata pero no estás conforme con él. ¿Quién te entiende?
Jorge: Nadie, ya lo sé.
Ana: Poca gente vive como querría vivir. La vida no es fácil.
Jorge: ¡Para mí sí va a serlo!
Ana: (Molesta.) De acuerdo. ¡Pero entonces aceptá al inquilino ese!
Jorge: Eso jamás. Tiene que haber otra solución.
Ana: Si actuaras con inteligencia...
Jorge: (La interrumpe.) ¡No me enjuicies!
Ana: ¿Por qué no puedo opinar?
Jorge: ¡Me da bronca tu sentido práctico!
Ana: (Grita.)¡Sos vos el que se queja!
Jorge: (Gritando también.) ¡Porque estoy podrido! ¡Podrido!
Gloria: (Entra. Está alarmada.) ¿Qué pasa aquí?
Ferg.: (Entra también. Con violencia.) ¿Qué significa este escándalo? ¿Cómo se atreven?
Jorge: ¿Qué le pasa?
Ferg.: ¿Todavía lo pregunta? ¡Usted y esa chica estaban peleándose!
Jorge: A usted no debería importarle.
Ferg.: ¡Mire cómo ha puesto a Clara!
Jorge: En este lugar puedo hacer lo que quiero.
Ferg.: Este lugar forma parte de la casa.
Jorge: Ya lo sé.
Ferg.: ¡Entonces respete las órdenes!
Jorge: Estábamos conversando.
Ferg.: ¡Estaban gritando!
Jorge. La puerta estaba cerrada.
Ferg.: ¡Las voces traspasan las puertas!
Jorge: No es culpa mía que la madera sea tan frágil.
Ferg: (Violento.) ¡No me interesan sus explicaciones!
Jorge: ¡De acuerdo! (A Ana.) ¡Vamos a mi cuarto!
Ferg.: Dígale a esa joven que se vaya.
Jorge: ¿Y quién es usted para exigir semejante cosa?
Gloria: (A Fergodlivio.) Es la novia... Están estudiando.
Ferg.: (A Gloria.)¡Yo doy las órdenes!
Jorge: (Amenazador.) Desde que usted llegó esta casa se transformó en un infierno.
Ferg.: ¡No me interesan sus opiniones!
Jorge: ¡Tendrá que oírme!
Ferg.: ¡Pídale a esa joven que cumpla mi orden!
Jorge: ¡Esa joven y yo estamos estudiando!
Ferg.: ¡Que se vaya a estudiar sola!
Jorge: Siempre estudiamos juntos.
Ferg.: ¡Vayan a estudiar juntos al cementerio!
Gloria: (A Jorge.) Por favor, querido. No discutas.
Jorge: (A Gloria.) ¿Le das la razón? (Gloria no responde.) ¡Muy bien! (A Ana.) ¡Agarrá los libros! Vamos a tu casa. (Salen Jorge y Ana.)
Ferg.: ¡Y sáquense los zapatos! (
 Jorge está a punto de golpearlo pero Ana lo detiene. Pausa extensa. Fergodlivio se sienta. La madre está desolada.) Clara quiere tomar café, señora. (Gloria se dirige hacia la cocina.) Y no demore. (Pausa. Entra Luis. Viene cargado de paquetes.)
Luis: (Descalzándose.) Buenas tardes.
Ferg.: ¿Dónde estuvo?
Luis: (Con timidez y alegría.) Ya lo ve: hice algunas compras.
Ferg.: (Se acerca. Con burla.) ¿El dinero es lo más valioso que existe, verdad?
Luis: (Con alegría.) ¡Sí!
Ferg.: (Abre un paquete con violencia y extrae una corbata.) ¿Cómo es posible que un hombre como usted compre corbatas rojas?
Luis: (Desconcertado.) ¿Qué tienen de malo?
Ferg.: Son demasiado agresivas y a Clara le producen angustia. (A Clara.) No preocupes, querida. (Quema la corbata. Luis observa con angustia. Gloria contempla la escena desde la puerta de la cocina.)
Luis: (Plañideramente.) ¡Acabo de comprarla!
Ferg.: Ahora tiene dinero. Puede comprar mil corbatas, si quiere.
Luis: (Con dolor.) Yo quería esa.
Ferg.: Usted va a comprarse una corbata negra. ¿Verdad, Clara? Es el mejor color. (Toma un par de zapatos nuevos.) ¿Y esto?
Luis: Son los zapatos que siempre quise tener.
Ferg.: Son demasiado puntiagudos. ¿Verdad que parecen amenazadores, Clara? (A Gloria, autoritario.) Póngalos en la basura, señora.
Luis: (Patético.) ¡Me costaron mil doscientos pesos!
Ferg.: ¿Qué importancia pueden tener para usted mil doscientos pesos? No olvide que ahora cobra veinte mil por mes. (Gloria se acerca lentamente. Parece indecisa. Fergodlivio le entrega una caja de masas.) Tire estas masas también. La comida dulce es repugnante y engañosa y no conviene caer en sus trampas. El ser humano no necesita esa clase de placeres. (A Gloria, con violencia.) ¿Oyó? ¡Llévese esas porquerías! (Gloria obedece. Luis siente angustia.) ¿Qué le pasa, señor Flores? ¿Por qué pone esa cara?
Luis: Caminé mucho y estoy cansado...
Ferg.: Nadie le mandó hacerlo. (A Gloria.) ¿Para cuándo ese café, señora? Clara está impaciente.
Gloria: (Desde la puerta. A Luis, con odio.) Quisiera saber si vos también vas a tomar. (Oscuridad.)

- IV -

La acción transcurre en el mismo lugar. Luis está leyendo el diario. Jorge estudia sentado a la mesa. Entra la madre en puntas de pie y le entrega al Jorge una taza con café. Todos caminan descalzos.
Gloria: Tomá.
Luis: (Después de probar el café.) Está amargo. (Gloria vuelve a la cocina.)
Jorge: (A Luis, con bronca.) ¿Por qué no vas vos a buscar el azúcar?
Luis: (Con violencia.) ¿Y vos por qué no cerrás la boca, imbécil? (Entra Gloria con un azucarero que coloca con violencia sobre la mesa. Luis se sirve azúcar y toma el café mientras observa a Gloria.) ¿Qué pasa?
Gloria: Nada. (Se oye un fuerte chistido que proviene del cuarto de Fergodlivio.)
Luis: (Bajando la voz.) Hay que tener paciencia.
Gloria: (Agitada pero hablando también en voz baja.) Hace una semana que no sé lo que es sentir mi propia voz. ¡Hoy, después del almuerzo, voy a irme toda la tarde!
Luis: ¿Estás loca? ¡Él quiere que te quedes aquí y que estés a la orden!
Gloria: (Irónica.) Sí, Clara es muy caprichosa. ¡Un loco! ¡Un loco metido en mi casa! ¡Y todo por veinte mil pesos!
Luis: (Con temor.) ¡Hablá más bajo!
Gloria: (Baja la voz.) Es la verdad. Por veinte mil pesos no somos dueños de nada. ¡Y todavía hay que vivir con el corazón en la boca! Ese hombre no es normal.
Luis: No exageres.
Gloria: ¿No viste la cara que tiene? Me da miedo.
Luis: Gracias a él comemos todos los días, tenés vestidos nuevos, pagamos todas las deudas, Jorge fuma cigarrillos buenos y yo me compré un traje.
Jorge: Preferiría fumar tabaco de armar, como antes.
Luis: Con este silencio hasta podés estudiar mejor.
Jorge: Yo necesito estudiar en voz alta.
Luis: Estudiá en el altillo.
Jorge: Me muero de frío.
Luis: ¿Por qué no serán más comprensivos? (La madre toma el azucarero y la taza pero ésta se cae. Debe resultar claro que el ruido que produce la caída de ese objeto perturba a Clara, pues sale corriendo de su cuarto y pretende escapar hacia la calle. El señor Fergodlivio la persigue, la encadena y la encierra en la habitación. Se escuchará la feroz discusión que mantienen Clara y él. Gloria, Jorge y Luis están inmóviles y aterrorizados. Fergodlivio vuelve a salir. Su semblante denota angustia. Hablará lentamente, con dicción exagerada, pero aumentando el caudal de su voz y la carga de su pasión de manera progresiva.)
Ferg.: Señor Flores: hace tres semanas que vivimos aquí y Clara no se acostumbra a esta casa lamentable. (Luis intenta hablar pero Fergodlivio lo interrumpe elevando la voz.) Usted pensará que ella es una inadaptada.
Luis: (Muy nervioso.) ¡De ninguna manera!
Ferg.: Hace bien. Si lo pensara cometería un error. Clara es una adorable criatura que debe soportar la estridencia de un grupo de salvajes. (Luis intenta hablar otra vez.) ¡Escuche! ¡Comprenda de una vez por todas lo que quiere Clara! (Breve pausa.) ¿Quién produjo el movimiento sísmico que acabamos de oír? ¿Una de esas bestiales amas de casa nacidas para herir a las personas delicadas? ¿Una mujer perversa, capaz de cualquier ignominia con tal de hacer sufrir al prójimo?
Gloria: (Con timidez.) Se me cayó una taza.
Ferg.: ¡Oigan! ¡Se le cayó una taza! ¡Como si una taza pudiese tener más poder que ella!
Gloria: (Conteniendo la agresividad.) ¿A usted nunca le pasó?
Ferg.: Yo no estoy rodeado de cosas que pueden caerse. Sabe bien que Clara y yo odiamos los ruidos.
Luis: (Muy nervioso.) Fue un accidente y no volverá a ocurrir. Se lo aseguro.
Ferg.: En esta casa han elaborado un plan de agresiones contra nosotros.
Luis: ¿Qué está diciendo, señor Fergodlivio? Nosotros los estimamos mucho y...
Ferg.: (Lo interrumpe.) ¡Envidian nuestro dinero y nuestros modales!
Luis: ¿Cómo puede pensar eso?
Ferg.: ¡Son personas vulgares y despreciables, y les molesta que hagamos un culto del silencio porque no pueden vivir sin oír ruidos! ¡El silencio no les permite soportarse!
Luis: (Desesperado.) ¡Le juro que nosotros queremos que se sienta a gusto y que...!
Ferg.: (Lo interrumpe.) ¡No jure nada! (A Gloria.) ¿Verdad que nos odia porque la privamos de sus plantas, de sus pájaros y de su mate? (Alucinado.) ¡Como nosotros somos los demonios que la despojamos de sus porquerías, la señora rompe tazas, jadea, habla en voz alta y hasta tose para castigarnos! ¿Y a esto se le llama convivir con seres humanos?
Gloria: ¿Y a usted le parece que se puede convivir con los demás prohibiéndoles que hablen?
Luis: (Asustado.) Calmate, querida...Por favor.
Gloria: (Sin oír a Luis.) ¡Le hice una pregunta!
Ferg.: Nadie le prohibió que hablara. Sólo exijo que hablen en voz baja. Y si exijo es porque pago.
Gloria: ¡En voz baja no se puede hablar! ¡Lo digo yo, que siempre estuve cómoda en mi casa!
Ferg.: ¿Y para qué quiere hablar?
Gloria: (Indignada.) ¿Cómo para qué?
Ferg.: (Con burla.) Todo lo que puede hacer la venerable familia es ruido, sucio ruido en el que se ocultan para no matarse.
Jorge: (No puede contenerse más.) ¡Háblele a mi madre con respeto!
Ferg.: ¿Me pide respeto a mí, que pago para que me respeten?
Jorge: ¡Sí, para eso, y no para soportar sus insolencias!
Ferg.: Mis insolencias, como usted las llama, valen veinte mil pesos por mes.
Jorge: ¡No son tan necesarios!
Ferg.: La desesperación con que su padre me alquiló la pieza demostraba lo contrario. Y si el joven considera que yo no trato a la madre con respeto, él es responsable. Si no tuviera miedo al fracaso y trabajara, la madre no necesitaría el dinero que le doy para que cumpla mis órdenes. (Se dirige a su habitación pero se detiene en el trayecto y ordena de manera amenazadora.) ¡No quiero oír más ruidos! (Sale solemnemente. Breve pausa.)
Jorge: ¿Vas a permitir que se apoderen de tu casa, humillen a tu mujer y hagan lo que quieran contigo?
Luis: Pero hijo...¿Qué puedo hacer?
Jorge: ¡Yo no aguanto más!
Luis: ¡Por Dios! ¡La situación no está como para ponernos exquisitos!
Jorge: ¿Qué situación? ¡Casi todo el mundo tiene problemas en este país! ¡Pero nadie llega a tanto! ¡Un día de estos va a echarte de tu casa!
Luis: (Tratando de convencerlo.) Te compraste ropa, podés salir y fumar todos los días, comés bien.(Saca un manojo de billetes del bolsillo del pantalón.) ¡Tenemos plata! ¡Tenemos plata!
Jorge: ¡Nada de eso tiene importancia cuando se apoderan de tu libertad y la hacen polvo! ¡Aquí ya no se puede estudiar, ni hablar, ni respirar! ¡Me voy de esta casa!
Luis: ¿Qué estás diciendo?
Gloria: (Con angustia.) ¡Calmate, Jorge! ¡Por favor!
Jorge: ¡Volveré cuando expulsen a ese cretino!
Luis: ¿Estás loco?
Jorge: ¡Yo no me dejo explotar!
Luis: (Gritando con furia.) ¡Los explotadores no pagan una fortuna por una habitación!
Jorge: ¡Pero invaden tu casa, te exigen que camines descalzo, te insultan!
Luis: Sólo hizo algunas aclaraciones.
Jorge: ¿Y qué te pareció el tono de esas aclaraciones?
Luis: Es un hombre muy nervioso.
Jorge: ¡Yo también! Por eso me voy.
Gloria: ¡No, Jorge! ¡No lo hagas!
Luis: ¡No enloquezcas a tu madre!
Jorge: ¡Si ella te importara echarías a ese individuo a patadas!
Luis: (Con ímpetu.) ¡Necesitamos su dinero! ¡Trabajé toda la vida y tengo una jubilación miserable! ¡Busco un trabajo y nadie me lo da porque soy un viejo! ¿Querés que vivamos como antes, deseando las cosas, debiendo plata a todo el mundo? ¿Querés morirte de hambre con nosotros?
Jorge: (Con furia.) ¡Andá entonces! ¡Besale los pies! ¡Humillate vos solo!
Luis: (Le pega.) ¡Lo hago por vos! ¿Oíste? ¡Por vos!
Jorge: (Con odio.) ¡Te mataría, infeliz! (Sale con rapidez.)
Ferg.: (Entrando.)¡Esto es inconcebible! Señor Flores: ¿yo no fui suficientemente claro? ¿Cómo justifica este escándalo después de lo que hablamos? ¡El griterío puso a Clara fuera de sí!
Luis: (Con temor.) Fue mi hijo. Usted sabe que los muchachos son apasionados y subversivos. Pero acaba de irse. (Con alegría.) ¡Sí! ¡Acaba de irse! (Gloria solloza.)
Ferg.: ¿Para siempre?
Luis: (Eufórico.) ¡Sí! ¡Para siempre!
Ferg.: (Calmándose.) Me alegro. Todos viviremos mejor. (Breve pausa.) Señora: Clara hizo sus necesidades en el suelo. Limpie eso enseguida. (Un silencio.) ¿No me oyó?
Luis: (A Gloria, suplicante.) Querida...(Gloria se arrodilla y limpia cualquier lugar del piso. Fergodlivio espera. Inicia el mutis cuando Gloria finaliza la tarea. Luis está tenso y lucha con fuerzas contrarias que lo impulsan a protestar y a callarse al mismo tiempo.) Señor Fergodlivio...
Ferg.: (Se detiene.) ¿Sí?
Luis: (Con agresividad contenida.) Estaba pensando...
Ferg.: ¿Qué?
Luis: Nada. Creo que ahora todo va a marchar bien. (Fergodlivio sale. Pausa muy extensa.) ¿Qué pasa, querida?
Gloria: (Con angustia.) Lo dejaste ir.
Luis: Él lo quiso así.
Gloria: ¡Aquí no se puede vivir!
Luis: ¡Tenemos que ser fuertes y soportar!
Gloria: Ya no sos el mismo.
Luis: ¿No te das cuenta de que no podíamos seguir viviendo como antes?
Gloria: (Con mucha pena.) Mi hijo no va a volver.
Luis: ¡Peor para él! Siempre fui el mejor padre posible. Sólo quería que estudiara. Y jamás le exigí que trabajara al mismo tiempo. (Dolido.) ¿Soy culpable de haber querido que coma todos los días, que tenga ropa decente, que no carezca de nada? No creo haber sido injusto. No creo. (Gloria empieza a preparar la mesa para el almuerzo. Pone el mantel, tres platos y tres juegos de cubiertos en la mesa y un plato y un juego de cubiertos en el piso. Entran Clara y Fergodlivio. Se sientan. La madre sale y regresa con la sopa, que sirve en los cuatro platos. Pausa extensa. Luis toma la sopa con avidez, golpeando la cuchara sobre el fondo del plato. Fergodlivio lo mira con odio.) Parece que Clara tiene hambre.
Ferg.: Clara nunca tiene hambre. Solo tiene apetito, como corresponde. (A Clara.) ¿Qué pasa, querida? (Un silencio.) Entiendo. El señor Flores no olvida sus burdas costumbres y golpea con la cuchara el fondo del plato. (Con rabia, pero tratando de calmarla.) No te preocupes, seguramente dejará de hacerlo.
Luis: (Con humildad.) Perdón.
Ferg.: (Siempre hablándole a Clara.) Ahora pide perdón, Clara. Pero no sabe que las personas torpes y bestiales jamás serán perdonadas. Si lo supiera no nos exigiría dinero por su execrable compañía. ¡A nosotros! Porque tú y yo, Clara, hemos nacido para exterminar lo que es débil, burdo e impuro.
Luis: (Con temor, tratando de justificarse.) Señor Fergodlivio...
Ferg.: ¿Me habló?
Luis: No hice ruido con la cuchara a propósito.
Ferg.: Nadie hace nada a propósito, pero todo el mundo hiere, molesta y destroza.
Luis: (Patético.) No creí que pudiese molestarlo algo tan...
Ferg.: (Lo interrumpe.) ¿Tan qué, señor Flores?
Luis: Tan natural.
Ferg.: (Con desprecio.) Él califica de natural lo abominable, Clara. Defiende su estúpida vida atribuyendo sus actos a un orden que los sobrepasa. Sí, ya sé que es un pobre ignorante, Clara, pero tú y yo debemos corregirlo y ayudarlo a pasar de la condición de cerdo a la condición de persona. (La madre arroja con violencia un vaso sobre la mesa.) ¿Por qué hizo ese ruido, señora?
Gloria: (Con rabia.) Porque quise.
Ferg.: (Estupefacto.) ¿Qué dijo?
Gloria: Dije que hice ruido porque quise.
Ferg.: (Con ira.) ¿Oíste, Clara?
Gloria: (Alzando la voz.) ¡Usted me tiene cansada!
Ferg.: ¿Cómo se atreve?
Gloria: ¡Y quisiera que se vaya enseguida de esta casa! (Luis está horrorizado y teme lo peor.)
Ferg.: (A Luis.) ¿Escuchó a su esposa?
Luis: (Anonadado.) Sí.
Ferg.: ¿Qué opina sobre lo que acaba de pedirme?
Luis: (Muy asustado.) Ella no sabe lo que dice.
Gloria: (Con rabia.) ¡Sé muy bien lo que digo!
Luis: (Suplicante.) Calmate, querida. Por favor.
Ferg.: (A Luis.) ¿Usted no está de acuerdo con ella?
Luis: ¡No! ¡Por supuesto que no!
Ferg.: (Amenazador.) Usted no quiere que Clara y yo nos vayamos.
Luis: ¡Cómo voy a quererlo!
Ferg.: (Imperativo.) Actúe entonces.
Luis: (Desconcertado.) ¿Qué actúe?
Ferg.: Sí, señor Flores. Castigue a su mujer por haberse atrevido a pedirme lo que a usted le molesta.
Luis: (Muy alterado.) ¡Compréndala! Está nerviosa, por eso se excedió.
Ferg.: (Terminante.) Castíguela.
Luis: (Con angustia.) Entiéndame...¡No puedo!
Ferg.: Inténtelo.
Luis: ¡Es imposible!
Ferg.: (Temible.) Se lo exijo. (Pausa. Luis lucha con fuerzas contrarias que lo impulsan, por un lado a obedecer, por el otro a desafiar a Fergodlivio.) Obedezca, señor Flores. (Luis le pega a Gloria con suavidad.) No, no, señor Flores.
Luis: ¿Qué fue lo que hice mal?
Ferg.: Péguele más fuerte. (Un silencio.) Vamos. (Luis le pega a Gloria de nuevo.) Más, más fuerte. (Luis ahora la castiga con violencia. Gloria solloza. Pausa muy extensa.) La señora está llorando, Clara. Su limitada inteligencia le impide entender que eso puede ofuscarte. Ahora las gruesas y repugnantes lágrimas corren por sus mejillas. Pronto caerán sobre la mesa produciendo un ruido infernal que te hará sufrir, mi vida, y te impulsará a perseguirla por la casa para deshacerla con tus garras. (Gloria huye hacia la cocina.) A medida que se purifique el aire tu apetito aumentará, mi amor. Claro que sin llegar a convertirse en hambre, eso que el señor Flores conoce tan bien.
Luis: (Escindido entre un impulso vindicativo y la sumisión a una especie de poder sobrenatural.) Señor Fergodlivio...
Ferg.: (Siempre a Clara.) Ahora olvida que el almuerzo, como todo rito que consiste en introducir porquerías en un orificio, es el instante más despreciable del día. (Feroz y vibrante.) Él está acostumbrado a comer mientras habla, ríe y goza. Por eso se atreve a dirigirme la palabra, olvidando que puedo hundirle este cuchillo en la garganta.
Luis: Yo...
Ferg.: Volvió a hablarme, querida. ¿Un hombre así no merecería la muerte? (Pausa.) ¿Terminaste de comer? Vamos. (Él y Clara salen. Luis se siente aniquilado. Entra Gloria lagrimeando y empieza a levantar la mesa.)
Luis: (Suplicante.) Perdoname.
Gloria: (Con rencor.) ¿Cómo podría perdonarte?
Luis: ¡Yo no lo hubiera hecho! ¡Él me obligó!
Gloria: (Con angustia.) Nunca me habías pegado.
Luis: No sé qué me pasó, mi amor. No lo sé. No pude resistirme a sus órdenes. (Con suprema angustia.) ¡Siento tanta vergüenza!
Gloria: ¿Qué nos está pasando, Dios mío? ¿Qué? (Suplicante.) ¡Echá a ese hombre de esta casa!
Luis: Eso no es posible.
Gloria: ¡Va a destruirnos! Ya logró que Jorge se fuera y acabás de pegarme. ¡Te estás convirtiendo en otro hombre!
Luis: ¡Hay que aguantar! ¡Necesitamos el dinero!
Gloria: ¡Que se meta en el culo ese dinero asqueroso! ¡Sólo quiero un poco de paz!
Luis: (Con fervor.) ¡Todavía hay cosas para comprar, y vida que vivir! ¡Pero con dinero! ¿Te cuesta tanto comprenderlo? Con plata todo será más fácil.
Gloria: ¡Más horrible, decí mejor!
Luis: ¡Sólo hay que hacer un esfuerzo!
Gloria: Estoy haciéndolo desde que vino.
Luis: ¡Seguí adelante entonces! ¡Ayudame, por Dios!
Gloria: ¿Cómo? ¿Aceptándolo todo? ¡Ya no se puede ni comer!
Luis: Quedándote en la mesa, comiendo igual aunque te insulte.
Gloria: ¡Ni siquiera nos permite hacer ruido con los cubiertos!
Luis: Le haremos ese gusto.
Gloria: ¡Todo el mundo hace ruido cuando come!
Luis: Él no, así que es posible. ¿Por qué no tratamos?
Gloria: (Subiendo la voz.) ¡Porque estoy harta! ¡Harta!
Luis: (Con temor.) ¡No grites!
Gloria: (Solloza.) ¡No puedo más!
Luis: (Desconcertado y confuso.) No entiendo...Aceptaron un inquilino, y ahora que deberíamos estar más unidos...
Gloria: (Lo interrumpe.) ¡Nunca pensé que podíamos llegar a esto!
Luis: ¿Qué es esto? ¿Un hombre que paga un alquiler fabuloso y sólo quiere un poco de tranquilidad?
Gloria: ¿Y mi tranquilidad y la de mi hijo no tienen valor?
Luis: ¡Si pensaran menos en ustedes hace tiempo que viviríamos mejor!
Gloria: ¡Nosotros no tenemos la culpa de que cobres una jubilación miserable!
Luis: ¡Ni yo tengo la culpa de vivir en un país de mierda que enfrenta a los jubilados al hambre!
Gloriaa: ¡Te pasaste la vida detrás de un mostrador!
Luis: (Dolido.) ¡Me pasé toda la vida vendiendo detrás de un mostrador porque no tuve oportunidad de hacer otra cosa!
Gloria: ¡Sos débil y nunca tuviste ambición! ¡Por eso te maneja cualquiera!
Luis: Bajá la voz.
Gloria: (Con odio.) ¡No tengas tanto miedo!
Luis: ¿De qué estás hablando?
Gloria: (Remedándolo.) Sí, señor Malfiatti. Tiene razón, señor Malfiatti. Claro, señor Malfiatti. ¡Me das asco!
Luis: (Con furia.) ¡El señor Malfiatti está muerto!
Gloria: ¡Por suerte! ¡Pero antes de morirse te convirtió en un cobarde que no se atrevía a levantar la voz!
Luis: ¡Si no lo trataba con tacto perdía el empleo!
Gloria: ¡Tacto! ¡Te pasaste treinta años suplicándole que te permitiera existir! ¡Y no te moriste en su lugar porque eso era imposible!
Luis: (Amenazador.) Bajá la voz.
Gloria: Sí, bajo la voz, pero no nos hagas responsables de tus errores. Dijiste que si hubiéramos pensado menos en nosotros viviríamos mejor.
Luis: Quise insinuar que Jorge podría haber trabajado. Muchos lo hacen aparte de estudiar. Y que vos...
Gloria: (Lo interrumpe.) ¡Yo hice todo lo que pude para que esta casa no se viniera abajo!
Luis: Nunca intentaste conseguir un trabajo decente.
Gloria: ¿Qué trabajo, fuera de las limpiezas para las que me llamaban a veces? No tenía edad ni conocimientos. ¿Quién iba a tomarme?
Luis: (Exasperado.) ¡Claro, no tenías nada, no sabías nada! ¡Nadie sabía nada! ¡El único que tenía que saber era yo!
Gloria: Cuando uno tiene una familia...
Luis: (La interrumpe.) ¡No es para ser esquilmado y explotado! ¿Quiénes son vos y Jorge para reprocharme algo a mí? (Gritando.) ¡Sólo han sabido exigir y exigir y exigir!
Gloria: (Gritando también.)¡Nunca te exigí nada! ¡Viví siempre como una miserable entre estas cuatro paredes!
Luis: (Haciendo un esfuerzo para no gritar.) No grites.
Gloria: (Levantando la voz.) ¡Todavía no empecé a gritar!
Luis: (Con ferocidad contenida.) ¡Bajá la voz!
Gloria: (Grita con descontrol.) ¡No quiero! (Yendo hacia su habitación.) ¡Ese invasor y el mundo entero van a oírme aunque me quede sin voz!
Luis: (La sigue.) ¿Qué estás haciendo? ¡Clara no quiere escuchar ruidos! ¡Clara no soporta las peleas! (Sale. Pausa. Entra de nuevo. Está desesperado. Otra pausa. Entra Gloria con precipitación. Se ha puesto un tapado y transporta un bolso en el que ha guardado un poco de ropa y algunos objetos personales. Mira su casa por última vez y toma un portarretratos que guarda en el bolso.) ¿Adónde vas?
Gloria: (Con tristeza.) Nunca te exigí nada. (Sale con rapidez. Pausa. El rostro de Luis denota intensa angustia. Entra Fergodlivio.) Señor Flores: dígale a su esposa que Clara ha hecho de cuerpo otra vez. (Luis sale lentamente, o - es lo que prefiero- se arrodilla frente al público. Oscuridad.)

- V -

Ha transcurrido una semana. Fergodlivio, Clara y Luis acaban de terminar el almuerzo.
Ferg: A Clara le gustó mucho la comida.
Luis: (Con sumisión.) Me alegro.
Ferg.: Desde que usted se quedó solo se siente más cómoda.
Luis: También me alegra.
Ferg.: Estuvimos pensando que debería vender las cosas superfluas que nos rodean, señor Flores.
Luis: ¿Cuáles?
Ferg.: Las sillas, los cuadros, las mesas. (Un silencio.) Clara no las soporta.
Luis: (De manera plañidera.) Son las cosas que tengo desde que me casé.
Ferg.: (Despectivamente.) ¿Qué quiere decir?
Luis: Mi mujer y yo las adoramos. (Suplicante.) No querríamos desprendernos de ellas.
Ferg.: (Terminante.) Tendrán que hacerlo.
Luis: Comprenda que...
Ferg.: (Lo interrumpe. Imperativo.) ¿Verdad que lo hará?
Luis: ¡Imagínese la impresión que le causaría!
Ferg.: Ella no está.
Luis: Pero va a volver. ¿O cree que podría prescindir de su casa mucho tiempo?
Ferg.: (Irónico.) ¡Su casa!
Luis: Sí, su casa. ¿Qué tiene de malo?
Ferg.: La palabra casa es mezquina. Simboliza encierro, prescindencia de los otros. ¿No es un vocablo que sólo alude al egoísmo?
Luis: Usted también se encierra en su pieza.
Ferg.: A pesar mío. Eso es lo que nadie sabe. (Breve silencio.) Esta noche no sufriremos viendo muebles, ¿verdad, Clara?
Luis: Ya le dije que no puedo...
Ferg: No debe negarse.
Luis: Compréndame...
Ferg: ¿Quiere que sigamos disfrutando de este tranquilo lugar?
Luis: Por supuesto.
Ferg: ¿Somos malos pagadores?
Luis: No, no...
Ferg: ¿Entonces?
Luis: Extraño a mi mujer...
Ferg: Olvídela. Imagine que está muerta.
Luis: ¿Qué está diciendo?
Ferg: ¿Siente un escalofrío, verdad? Por un momento se cumplieron sus deseos.
Luis: ¡Nunca deseé la muerte de mi mujer!
Ferg: Claro, nadie desea la muerte de otros. Sólo los asesinos, ¿no es cierto?
Luis: Siempre fuimos muy felices.
Ferg: (Con crueldad.) Por supuesto. Un día se encontraron y él dijo: es esa, y ella dijo: es él. Ella encontró a Dios hecho hombre. Él a Dios convertido en mujer. Y pensaron: Dios nos ama. (En un crescendo.) Jamás sospecharon que Dios era capaz de destruirlos, y se lanzaron al futuro llenos de optimismo, ¿verdad? ¡Llenos de optimismo!
Luis: (Muy turbado.) Así es. Siempre fuimos optimistas.
Ferg: (Con violencia.) ¡Lástima que el optimismo sea siempre la máscara del miedo! (Llaman a la puerta con ferocidad.) Vaya a abrir.
Luis: (Temeroso.) ¿Quién será?
Ferg: Tres hombres que harán mucho ruido. Yo llevaré a Clara al cuarto para que sufra menos. (Luis no se decide a abrir la puerta.) Vamos, hágalos pasar.
Luis: (Con angustia, desconcertado.) Pero yo...
Ferg: (Autoritario.) Obedezca.(Luis empieza a caminar.) Señor Flores...
Luis: ¿Sí?
Ferg: Mi mujer y yo estamos muy satisfechos con sus servicios. Desde el mes que viene le pagaremos treinta mil pesos.
Luis: (Con inmensa angustia.) Yo...(Golpean de nuevo con furia.)
Ferg: No agradezca. Y vaya. Golpean otra vez.
Fergodlivio se dirige a su habitación. Luis camina con lentitud hacia la puerta. A partir de este momento deben ser remarcados tres planos: el sonoro, el psicológico y el metafísico. Luis abre la puerta y entran tres hombres que pasan a su lado sin mirarlo y comienzan a llevarse los muebles. Se oye una especie de marcha fúnebre lograda con apoyo en percusión. Luis, cuya desintegración moral ha sido sugerida en las escenas precedentes, se convierte al final de la obra en un títere al que la angustia impide accionar. El personaje sólo adquirirá la dimensión que posee intrínsecamente si el actor lo hace crecer desde la confusión que lo anega; si combina su avidez por el dinero y la satisfacción de haberlo obtenido con la horrible percepción de su fracaso al tener que pagar por él con la despersonalización y la esclavitud. También si remarca su miedo a quien lo posee y manipula, una especie de Dios que puede destruirlo. El escenario queda vacío. Los hombres deben llevarse hasta las paredes de la casa. Entra Fergodlivio.
Luis: (Desolado.) Usted...¿Cómo se atrevió?
Ferg: Mandé todo al remate. Le enviarán el dinero. (Un silencio.) ¿Qué le pasa?
Luis: Nada, nada...No me siento bien.
Ferg: Ya se le pasará. (A Clara.) Cálmate, Clara. (La acaricia.) Cálmate. (A Luis.) El ruido que hicieron esas bestias la puso muy nerviosa y acaba de orinarse. (Breve silencio.) ¿Qué espera? (Luis se arrodilla. Pausa extensa.) ¿Qué te ocurre ahora? Entiendo. (A Luis.) A Clara le pica la espalda y quiere que la rasque.
Luis: Yo no sé...
Ferg: Usted puede.
Luis: No sé cómo hacerlo.
Ferg: Inténtelo.(Luis empieza a explorar el aire con las manos.) Esa no es la espalda.
Luis: (Con temor.)Perdón.
Ferg: (Amenazador.) Trate de no equivocarse.
Luis: ¿Más arriba?
Ferg: (Elevando la voz.)Tiene que saber.
Luis: (Auscultando con desesperación el vacío.) Es imposible...
Ferg: (Elevando más la voz.) ¡Hágalo como debe!
Luis: ¡No puedo!
Ferg: ¡No me enfurezca! ¡No enfurezca a Clara! (Gritando.) ¿No oyó? (Luis extiende los brazos con lentitud y queda inmóvil, como si estuviese crucificado.) Ahora sí Clara empieza a sentir alivio. (A Clara.) ¿Te gusta, querida? El señor Flores lo está haciendo muy bien. Sí, ya sé: todavía habrá que someterlo a muchas pruebas. No sabemos si podrá permanecer mucho tiempo sin hablar, sin moverse, sin comer. (A Luis.) Clara exige eso a veces. Su alma se vierte al infinito y no soporta el vuelo de una mosca o el jadeo de la respiración. Pronto le pedirá que se muera. Y usted no se negará. (Con furia.) ¿No oyó la orden de Clara? Pidió que no la toque más.
Luis: Perdón.
Un silencio.
Ferg: Nunca nos iremos de esta casa, señor Flores. Confiese que la noticia lo alegra.
Luis: (Sin convicción.) Me alegra mucho
Ferg: Desde que decidió apartarse de su familia, en la casa hay un silencio que nos reconforta. Y usted está más sereno.
Luis: Mi mujer y mi hijo se fueron a pesar mío. (Bajando la voz.) Yo jamás hubiera deseado eso.
Ferg: (Burlón.) "Su" mujer, "su" hijo. No sea estúpido. Nadie tiene nada, señor Flores.
Luis: (Exasperado y tratando de herirlo.) Eso puede decirlo usted, que nunca ve a quien nombra.
Ferg: (Sombrío y amenazador.) ¿Insinúa que Clara no existe?
Luis: (Arrepentido, con temor.) Yo no insinué nada, yo no dije nada.
Ferg: El señor Flores morirá solo, Clara. Tú y yo cerraremos sus párpados cuando llegue la hora. Jamás abandonamos a los necesitados.
Luis: (Con odio.) Mis necesidades no podrían llenarla usted y esa...
Ferg: (Amenazador.) ¿Esa qué, señor Flores?
Luis: (Con violencia pero bajando la voz.) ¡Esa sombra!
Ferg: (Con rencor y ternura.) Te llama sombra, Clara. Sombra es para él lo que no ve aunque lo acompañe siempre. (Con ferocidad.) ¡Aráñalo, Clara! ¡Muérdelo! (Luis retrocede aterrorizado.) ¡Extermínalo! ¡Demuéstrale que sólo merece desangrarse por haber dudado de la existencia de lo único que existe! ¿Tiene miedo, señor Flores? (Con burla.) ¿Miedo de las sombras?
Luis: (Ya no puede soportar más.) Déjeme tranquilo, por Dios...Quiero estar tranquilo.
FergFergod: (Con furia.) ¡Quiero estar tranquilo! ¡Quiere paz, Clara! Como si la paz fuera posible en el seno de un laberinto.
Luis: (Con desesperación.) ¡No me interesan sus ideas! ¡No me interesa nada de lo que dice!
Ferg: ¿Mi dinero sí le interesa, verdad? (Con odio.) Bien. Lo tendrá todo a condición de soportarme. Nada de lo que se puede tocar le hará falta nunca. Pero no crea que después del hartazgo las cosas serán fáciles. De lo agónico, señor Flores, no nos salvan el pan ni ninguna de las cosas del mundo.
Luis: (Con infinita angustia.) ¡No quiero oírlo!¡¡¡No!!! (Este grito de Luis es horrible, una interminable explosión de dolor contenido, y es necesario que dure mucho.)
Ferg: (Con misericordia.) Pobrecito, Clara. Míralo sollozar ovillado en el suelo como un animal. Recién ahora es él mismo. Por eso sufre. Jamás podrá llegar a querer esa ínfima cosa que es. (Con odio.) ¡Voy a patearlo, Clara! ¡Voy a abalanzarme sobre él para destruir tanta ignominia!
Luis: (Desesperado pero sin gritar.) ¡Dios no puede permitir esto!
Ferg: (Con furia.) ¿Qué sabrá él de Dios, Clara? ¡Aún si lo viera cerraría los ojos para seguir siendo ruin, ambicioso y cobarde! (Autoritario.) Levántese y camine hacia la puerta, señor Flores. Allí encontrará clavos, maderas y un martillo. Tapie esa puerta para siempre y contestaré a todas sus preguntas.
Luis: (Como si se lo dijera a sí mismo.) Jamás haré eso.
Ferg: Desde el mes que viene le pagaré cuarenta mil pesos.
Luis: ¡Jamás lo haré!
Ferg: Cincuenta mil. Usted sabe que puedo.
Luis: ¡No me siga tentando!
Ferg: Sesenta mil pesos. Y no piense tanto. Un martillo no pesa nada en la mano y sesenta mil pesos sí.
Luis: ¡No me enloquezca!
Ferg: ¡Setenta mil pesos, señor Flores! Vamos, obedezca.
Luis: (Grita con angustia, furia y pánico.) ¡Jamás haré eso! (Vacilando y bajando la voz.) Jamás...
Ferg: (Con perfidia.) Veremos, Clara. (Con satisfacción.) Veremos.
Oscuridad.
Ricardo Prieto

Montevideo, 1970


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